lunes, 2 de abril de 2012

Porque y para que generamos enfermedades

El cuerpo es muy obediente. Cuanto más sano está el cuerpo, más obediente es. Un cuerpo sano es un cuerpo obediente. Un cuerpo enfermo es un cuerpo que ha dejado de obedecer: tenemos sueño, pero el cuerpo se niega a dormir; tenemos hambre, pero el cuerpo no quiere comer. Un cuerpo que deja de obedecer es un cuerpo enfermo, y el cuerpo que obedece es un cuerpo sano, porque el cuerpo nos sigue como una sombra. La dificultad surge cuando el cuerpo deja de obedecer.

La mayoría de nuestras enfermedades son sólo un engaño. Casi un cincuenta por ciento de nuestras enfermedades son falsas. La causa de que en el mundo haya más enfermos no es que aumenten las enfermedades, sino que aumenta la falsedad del hombre. Procurad entender bien esto. Al aumentar los conocimientos y las condiciones económicas, debería descender el número de enfermedades. Pero esto no ha sucedido, pues ha seguido aumentando la capacidad del hombre para mentir. El hombre no sólo miente a los demás, sino que también se miente a sí mismo. También crea nuevas enfermedades.

Si la medicina no consigue curaros, sabed bien que vuestra enfermedad no es curable por medio de la medicación. La causa de la enfermedad se encuentra en alguna otra parte; no tiene nada que ver con la medicación. Podéis maldecir a la medicina y decir que los médicos son unos estúpidos porque no encuentran el tratamiento adecuado para vosotros; podéis probar la medicina ayurvédica o la naturopatía; podéis recurrir a la alopatía o a la homeopatía: nada dará resultado. Ningún médico puede serviros de nada, por la sencilla razón de que un médico sólo puede tratar una enfermedad verdadera; no puede controlar una enfermedad falsa. Y lo más interesante es que vosotros os afanáis en producir enfermedades como éstas y que queréis que perduren.

Más de un cincuenta por ciento de las enfermedades femeninas son falsas. Las mujeres han aprendido desde su infancia una fórmula: sólo reciben amor cuando están enfermas, y no de otro modo. Cuando la esposa está enferma, algunos maridos no va a su trabajo, toman una silla y se sientan junto a la cama de ella. Quizás se esté maldiciendo a sí mismo por hacerlo, pero lo hace. Así, siempre que una mujer quiere recibir atenciones de su marido, cae enferma enseguida. Saben que, estando enfermas, pueden dominar a toda la casa.

La persona enferma se convierte en un dictador, en un tirano. Si la persona dice: “¡Apagad la radio!”, la apagan inmediatamente. Si la persona dice: “Apagad las luces y acostaos”, o “Quedaos todos en casa; que no salga nadie”, los familiares hacen lo que dice. Cuando mayor sea la tendencia dictatorial de una persona, más enferma se pondrá; pues ¿quién está dispuesto a herir los sentimientos de un enfermo? Pero esto es peligroso. De esta forma, estamos contribuyendo en realidad a la enfermedad. Es bueno que un marido se siente junto a su esposa cuanto ésta está sana; es comprensible. Pero, desde luego, no debe dejar de ir a la oficina cuando ella está enferma, fomentando así su enfermedad. Es una solución demasiado costosa.

Una madre no debe prestar demasiada atención a su hijo cuando éste cae enfermo; de lo contrario, el niño caerá enfermo siempre que quiera que le presten atención. Cuando el niño cae enfermo, no os preocupéis tanto por él para que no se establezca en su mente ninguna asociación entre enfermedad y amor. El niño no debe captar la impresión de que siempre que caiga enfermo su madre lo acariciará y le contará cuentos. Por el contrario, la madre debe mimar al hijo cuando éste esté feliz, para que el amor se asocie a la alegría y a la felicidad.

Hemos asociado el amor a la desgracia, y eso es muy peligroso, porque significa que, siempre que alguien necesite amor, llamará a la desgracia para que pueda venir después el amor. Pero nunca se encuentra al amor por la enfermedad. Recordadlo: la enfermedad produce lástima, no amor, y ser objeto de lástima es insultante, es muy degradante. El amor es una cosa completamente diferente. Pero no tenemos conciencia del amor.

OSHO

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