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lunes, 13 de octubre de 2014

viernes, 29 de agosto de 2014

La sabiduria de la incertidumbre

Podremos ver cada problema de la vida como la oportunidad de algún gran beneficio. Habiéndonos afianzado en la sabiduría de la incertidumbre, podremos permanecer alerta a las oportunidades.
Y, cuando nuestro estado de preparación se encuentre con la oportunidad, la solución aparecerá espontáneamente.
Lo que resulta de esto es lo que denominamos comúnmente "buena suerte".
La buena suerte no es otra cosa que la unión del estado de preparación con la oportunidad.
Cuando los dos se mezclan con una vigilancia atenta del caos, surge una solución que trae beneficio y evolución para nosotros y para todos los que nos rodean.

DEEPAK CHOPRA

martes, 2 de abril de 2013

Que estamos buscando ???

Caminando por la selva se topa con un león dormido.
Poniéndose de rodillas ante él, murmura:
- Por favor, no me comas.
La bestia sigue roncando. Esta vez grita:
- ¡Por favor, no me comaaas!
El animal no se da por enterado. Temblando, abre las mandíbulas y acerca su cara a los colmillos para volver a gritar el ruego. Inútil. La fiera no despierta.
Histérico, comienza a darle patadas en el trasero:
- ¡No me comas! ¡No me comas! ¡No me comas!.
El león despierta, salta sobre él y, furioso, comienza a devorarlo. El hombre se queja:
- ¡Qué mala suerte tengo!.

Alejandro Jodorowsky

domingo, 21 de agosto de 2011

PARÁBOLA DEL RASCACIELOS


            La vida puede compararse con un enorme rascacielos al que debemos subir. Los seres humanos iniciamos en uno u otro piso nuestro ascenso, según el nivel en el que nacemos, pero aun los privilegiados se hallan en estratos bajos pues el rascacielos es altísimo.
            En cada piso hay dos zonas perfectamente diferenciadas: la estancia de distracciones, repleta de amigos, camas, televisores, fiestas y juegos; y un amplio salón lleno de talleres y mesas de estudio. Ante ambos se encuentra el túnel de los elevadores. Cuando se abre la puerta de uno, muchas personas suelen saltar y correr hacia ella. Rápidamente se hace una fila. El operador formula entonces una pregunta a la persona que llegó primero. Si no  sabe la respuesta correcta se le descarta y se hace la pregunta a la siguiente persona. Así se continúa hasta  hallar a la que tiene los conocimientos requeridos; a ésta se le transporta a un piso superior. Algunos, decepcionados, regresan a la estancia de distracciones, otros se quedan en el túnel para volver a intentarlo.
            Hay quienes se la pasan caminando, buscando que los elevadores se abran, pero sin trabajar ni estudiar, de modo que jamás suben porque no adquieren los conocimientos exigidos. Otros, por el contrario, laboran en los talleres y están tan entretenidos que no se ponen de pie cuando el elevador se abre. Estos, aunque tienen los conocimientos, son demasiado timoratos para ser elegidos.
            La persona que logra subir, se encuentra con que la estancia de distracciones del nuevo piso es más atractiva aún que en las inferiores. De la misma forma los talleres y mesas de estudio muestran mayor dificultad; por eso, cuanto más alto es el piso, hay menos candidatos para subir cada vez que se abre un elevador.
            Algunos, frustrados, amagan al elevadorcita y suben los pisos a la fuerza. Es una pena. Al llegar arriba son arrojados por la ventana. Los que se quedan abajo, a veces difaman  y se burlan de los que suben diciendo que tienen buena suerte.
            Si “suerte” significa poseer los conocimientos necesarios y, al mismo tiempo, tener la agilidad para ponerse frente a la puerta que se abre, efectivamente, los grandes hombres han tenido buena suerte.  

martes, 12 de julio de 2011

Maese La Roca y la suerte


Un anciano llamado Chunglang, que quiere decir «Maese La Roca», tenía una pequeña propiedad en la montaña. Sucedió cierto día que se le escapó uno de sus caballos y los vecinos se acercaron a manifestarle su condolencia.

Sin embargo el anciano replicó:

- “¡Quién sabe si eso ha sido una desgracia!”

Y hete aquí que varios días después el caballo regresó, y traía consigo toda una manada de caballos cimarrones. De nuevo se presentaron los vecinos y lo felicitaron por su buena suerte.

Pero el viejo de la montaña les dijo:

- “¡Quién sabe si eso ha sido un suceso afortunado!”

Como tenían tantos caballos, el hijo del anciano se aficionó a montarlos, pero un día se cayó y se rompió una pierna. Otra vez los vecinos fueron a darle el pésame, y nuevamente les replicó el viejo:

- “¡Quién sabe si eso ha sido una desgracia!”

Al año siguiente se presentaron en la montaña los comisionados de «los Varas Largas». Reclutaban jóvenes fuertes para mensajeros del Emperador y para llevar su litera. Al hijo del anciano, que todavía estaba impedido de la pierna, no se lo llevaron.

Chunglang sonreía

Hermann Hesse