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viernes, 30 de marzo de 2012

El fracaso es un modo de vida

Hay satisfacción en el no poder, aunque no lo parezca, aunque lógicamente pueda resultar contradictorio.

Es una militancia narcisista la del fracaso y el dolor como verdad del mundo, la de la imposibilidad, la carencia, la marginalidad, el endiosamiento del caído y su desgracia. Actúa sordamente en la profundidad de nuestras personalidades, en algunas más y en otras menos, como una estrategia de frustración meritoria. Es un estado de gracia, esa vida que se desperdicia, al punto de que, en muchos casos (no todos), se prefiera realizar el gesto de rechazo del camino mundano de la felicidad posible para volver a afirmar una vez más el valor profundo de la frustración y de la pobreza.

El fracaso es un modo de vida virtuoso, que paga por medio de una poética de la desazón, del nihilismo, del escepticismo, del supuesto atrevimiento de ver una verdad nefasta, cuando esa verdad no es más que un maquillaje de la impotencia elegida como camino al cielo.

El fracaso es una modalidad social emparentada con religiones que han construido una estructura de sentido basada en el rechazo de la sensualidad, del cuerpo y de la vida real, en la desvalorización de las energías vibrantes que pueblan el mundo problemático y desbordante que es nuestra definitiva realidad.
De esta forma, se ha preferido fabricar formatos de inmolación de fácil acceso, automáticos, cotidianos, a veces mínimos, formas accesibles para eludir el trabajo de ser y resultar así imbuido por una variante moderna y progresista de la santidad.

El fracaso puede ser visto como una militancia narcisista porque sucede en un sujeto que no quiere deshacerse en el logro, que prefiere señalarse en forma constante a sí mismo como núcleo de imposibilidad, como aquel que merecía mucho pero fue abandonado, arruinado por la suerte y dañado por otros. Si lograra algo, dejaría de serle posible la permanente autorreferencia, estaría señalando al mundo, apuntando para afuera cuando su interior vacío reclama el truco de postular universalmente la nada. La única garantía de permanecer fijado en la imagen propia es no desdibujarla con ninguna efectividad: eliminando la aparición de esos hechos que, por logrados, te suplantan; juegos armados que funcionan más allá de su generador; riqueza dada a luz y puesta en el mundo que llama la atención y pide mirar a una cosa que es ahora externa.

El fracaso es una norma, una ética, un manual de actitudes pasivas para contrarrestar el crecimiento de las acciones que inevitablemente surgen del deseo afirmado y querido. El fracaso es una orientación, un sentido para la vida, un orden, un cobijo, una manera de hacerse un lugar en medio de otros a los que no se inquieta con los deseos propios en movimiento. El fracaso arma una cofradía, una hermandad en la decepción, gran aglutinante, cemento de quietudes conjugadas que destilan la droga del resentimiento y se la aplican en forma recíproca. El fracaso es una forma de postergarse hasta el paroxismo y de disfrutar del ilimitado campo de lo que pudo haber sido pero no fue, frente al cual todo ser determinado es poco, todo logro una minucia -todo amor realizado un sucedáneo del amor imaginado y potencial, del amor lindo de las relaciones fracasadas-, dado el tamaño de un deseo que no necesitó nunca probarse para dar lugar a un sentido. Sentido de nada, pero sentido grande, inmenso, cielo encapotado para una muerte en vida que suena a demostración de soberanía y voluntad de no transar.

El fracaso es un modo de ofrecerse en el altar de la historia, de decirles a nuestros mayores que tenían razón, que se queden tranquilos, que si ellos no lo lograron tampoco nosotros lo lograremos, que su límite era inexpugnable y que prolongaremos con nuestra incapacidad la que ellos cultivaron y padecieron. Porque la incapacidad se cultiva, se talla, esmeradamente, con paciencia, trocito a trocito, para no resaltar ni mostrarnos demasiado poderosos, felices, solventes. Para evitar ese atrevimiento de buscar y acceder al logro: ¿cómo, destacándose en un universo de estropeados, quién te creés que sos, vos, justo vos, para avanzar como si fuera posible hacerlo, para creerte valioso y capaz, para querer vivir más de lo que otros pueden o quieren vivir?

La alineación con la imposibilidad no es el cumplimiento de un compromiso moral; es, simplemente, la ampliación del fenómeno de la pobreza, el ejercicio de la desertificación social presentado engañosamente como aporte.

El enemigo somos nosotros, estas formas de vida, estas costumbres que no queremos mirar a la cara. Es de la transformación de estos sentidos básicos de los que nuestra vida nacional está aún demasiado llena; de donde puede tomar fuerza un país menos volcado a la pobreza, la esterilidad y la frustración.

Nuestra moral de rechazo al éxito, por considerarlo superficial, frívolo, egoísta, inválido, es el fondo sobre el cual sacrificamos mil posibilidades.

Teoría de la felicidad

1. La felicidad es como tomar un café: dura un ratito, pero su influencia se prolonga. Y no todos pueden con ella, a algunos les cae mal. Como el café, la felicidad te despierta, y se busca una dosis de ella para comenzar bien el día. Te despierta porque te hace ávido de más, de mundo, te sacude del sueño en el que hubieras querido seguir, cómodamente, y te hace posible las cosas. O te trae taquicardia, si no podés parar y resignarte a que la felicidad, como todo, debe encontrar su lugar en el tiempo y no admite abusos. Como el café, la felicidad habita en la intimidad, es un encuentro, y es caliente. La felicidad, como el café, también tiene estilos diversos: hay felicidades livianas, aguadas, que casi no tienen gusto, y otras felicidades fuertes, cargadas, sabrosas. Hay quien necesita endulzar su felicidad, porque eso le permite asimilarla mejor, y hay quien se la banca como es, con su sabor propio, fuerte y raro. Se supone que las mejores felicidades son las que vienen de Brasil, o de Colombia, o las africanas, porque la felicidad se manifiesta con movimientos espontáneos y primitivos. Pero si bien tiene ese origen muchos opinan que la logran mejor en Italia, donde saben transformar el grano de base en refinado sabor y sensualidad trabajada.

2. La felicidad es como un auto, te lleva y te trae, te hace mover, te desplaza, te saca de un sitio y te pone en otro. No está nunca quieta, y si se queda mucho tiempo en un mismo lugar cada vez le cuesta más el movimiento. Como sucede con los autos, hay felicidades caras y felicidades baratas, y se puede perder la vida a causa de una felicidad muy cara, o porque no es posible terminar de pagarla o porque fuiste muy rápido y te estrellaste contra algo. ¿Contra la velocidad de otro, yendo rápido para otro lado, o contra una felicidad frenada? Hay felicidades de segunda mano, que traen siempre algún problema, y felicidades 0 km, que pierden gran parte de su valor desde el momento mismo en que te subís a ellas. Hay felicidades con estilo, que duran mucho tiempo, y felicidades puro aspaviento y diseño, hechas para ser miradas. Hay felicidades muy inseguras, y otras confiables, preparadas incluso para la eventualidad de un accidente. Hay felicidades tan increíbles que no las podés sacar a la calle, que no te sirven para el mundo real, y que son como no tener nada: si querés salir tenés que llamar un taxi, felicidad humilde de otro que tal vez ni es dueño. La felicidad es también como un auto cuando es observado desde un colectivo, con envidia, por los que esperan poder llegar a tenerla o no tendrán nunca una.

3. La felicidad es como una computadora, compleja, casi mágica, insondable, siempre necesitada de alguna actualización. Como las computadoras, la felicidad es mejor cuanta más capacidad operativa pueda tener, y requiere de algún programa que la organice para poder usarse. Te los podés copiar, los programas, pero si traen un virus podés perder todo, y aunque sean más caros siempre son preferibles los programas originales y propios. La felicidad, como las computadoras, es siempre algo nuevo y cada vez más sencillo, aunque esa sencillez aparezca como resultado de un trabajo cada vez más complejo y delicado. Y, como con las computadoras, las felicidades requieren siempre de una energía que las alimente, o la red social de la electricidad o la pila que te permite una autonomía relativa. Podés estar sin contacto un tiempo, pero pronto es necesario volver y recargarla. La felicidad es también como una computadora porque siempre le pasa algo. Cuando funciona es bárbara, pero cuando falla puede crearte problemas infinitos: perdiste muchos archivos y no los vas a recuperar nunca. No hay peor nunca que el de la felicidad perdida.

4. La felicidad es como un rompecabezas: tenés que armarla. La imagen completa sirve de guía, pero igual tenés que pasar mucho tiempo observando cada pedazo para saber dónde encaja. A veces te parece que falta una pieza y no la vas a conseguir jamás, pero un azar te la revela y te das cuenta de que estuvo siempre ahí y lo que pasaba era que no habías sido capaz de verla. Lleva tiempo, y si te ponés impaciente y pretendés forzarla terminás poniendo cualquier cosa en cualquier parte. La felicidad es un proceso y cuando la tenés lista te das cuenta de lo lindo que fue lograrla, y querés hacer otra. No es por inconformista, en el mejor de los casos, sino porque lo mejor es ese darle vueltas a las cosas hasta conseguir que encuentren su lugar. Hay felicidades de 30 piezas, las infantiles, y felicidades de 5000 piezas, que sólo pueden ser armadas por quien tenga una larga experiencia. ¿O esas son las felicidades imposibles de los obsesivos, que han fragmentado tanto su mundo que no consiguen armar nada? Hay felicidades que tienen demasiado detalle y no terminás de armarlas nunca, y hay felicidades más sencillas, en las que la figura se ve más clara y pueden ser construidas en un tiempo razonable.

5. La felicidad es como la lluvia, está ligada a una sensación de tristeza, pero es hermosa y lo baña todo. Envuelve a la realidad entera y si es demasiado fuerte uno tiene que salir con paraguas para protegerse un poco. Hay quien gusta de salir a empaparse, pero después puede aparecer un resfriado o algo peor. La felicidad puede ser tenue como la garúa o feroz como una tormenta, puede ser persistente y durar y durar, o brevísima, llegar y en un instante desaparecer, dejando todo renovado y un aire más limpio detrás de ella. La felicidad como la lluvia lava las cosas, da una sensación de nuevo principio, de mundo flamante, pero también, si insiste y no cede, puede inundarte y hasta matarte. Nos alimentamos de esa cuota de felicidad que cae periódicamente y cuando falta la tierra es árida y la vegetación escasa. La felicidad, además, como la lluvia, te conecta con tu mundo interno, lo hace evidente y lo proyecta.

6. La felicidad es como una planta, crece si la regás, y tiene su ritmo propio. Si te olvidás de ella y no la cuidás no prospera. Sabe cómo crecer, pero hay que ocuparse o queda raquítica o se seca. Surge de otras felicidades, y se reproduce también en felicidades nuevas. En muchas felicidades, como en muchas plantas, podés cortar un pedacito y dar origen a otra felicidad. O hacer un injerto, juntar dos felicidades y dar lugar a una tercera distinta. Es orgánica, nace, crece, se reproduce y muere. Pero a lo largo del período de su duración es capaz de dar semillas para miles de felicidades nuevas. La mayor parte de ellas se pierden, pero algunas crecen y por eso la felicidad siempre se renueva.

Teoría del entusiasmo

Entusiasmarse, según el autor de estas líneas, es dejarse ir, ejercer la libertad. Es la posibilidad más saludable y plena, la felicidad en la Tierra. En función de esta idea, se esboza una contraposición de actitudes posibles, en que el entusiasmado es quien gana la partida.

El entusiasmo es fuerza proyectada, libre, que corre como el agua de un río. La persona entusiasmada es ella misma un cauce. O el río es la vida y la persona entusiasmada un bote, una lancha o una balsa, que avanza llevada según el estilo de su querer. Con el entusiasmo se navega, se viaja, se avanza, se logran las metamorfosis que realizan la existencia.

El entusiasmo es un desarrollo, un despliegue, una secuencia, una línea de acción. El entusiasmo es un estar colocado en un cierto nivel de circulación de la energía o de las ondas invisibles del sentido, que nos transforma y empuja.

El entusiasmo puede representarse con la sensación de estar adentro de las cosas.

Es un estar adentro de todo ocasionado por el mero hecho de estar involucrado de manera especial con algo.

Es un algo que te da mucho, un mucho que se reproduce en los destinos en donde la atención propia puede ubicarse, como si las cosas que vemos estuvieran conectadas por el otro lado, por el lado de adentro, el que no se ve.

Entusiasmarse es dejarse ir, ejercer la libertad. Estar entusiasmado es la posición más saludable y plena, la felicidad en la Tierra. El entusiasmo es una acción en donde los movimientos se enhebran con gracia, en donde uno se siente arrastrado por una fuerza no intencional, pero a la que reconoce como particularmente propia.

Uno es en el entusiasmo, logra identidad a través suyo. El entusiasmo no es más que el ser surgente, el ser géiser que emana del verdadero sí mismo que buscamos en nosotros, del intenso, del animoso, ese intermitente y escurridizo.

El verdadero es el personaje principal de la novela personal que llevamos dentro. El verdadero aparece con el entusiasmo para desaparecer enseguida, borrado de la conciencia por las mil cosas más interesantes y concretas que el entusiasmo trae. El verdadero existe si uno logra olvidarse de sí y meramente ser, y se traba y molesta cuando lo perseguimos mucho.

Uno no puede entusiasmarse con cualquier cosa. Ese no puedo esperar, ese querer más, ese estar metido en algo no puede darse sino alrededor de determinados temas o experiencias. Cada uno tiene ámbitos en los cuales el entusiasmo es posible y ámbitos en los que jamás podría producirse; uno no elige de qué gustar.

La tarea es más bien captarse, ser capaz de detectar y meterse en esas zonas del mundo donde nos vemos llevados a participar. Nuestros distintos intereses son las puertas por las que podemos entrar en distintos mundos, semillas del entusiasmo que crecen hasta ser plantas enteras si abonamos y regamos su despliegue problemático.

Porque el entusiasmo tiene sus problemas, no por ser una sensación feliz deja de arrastrar su complejo lastre, que no es otro que el nuestro.

¿Por qué es difícil entusiasmarse? Porque hay que pasar en limpio al ser, volcarlo en el mundo. El escudo crítico se desvanece, debe ser suplantado por una operatoria de las ganas. Eso es lo que lo hace también tan criticable, al entusiasmo. ¿Te volviste loco? ¿Estás copado con esa idiotez? Digámoslo rápido para que no se escape: una sociedad funciona mejor cuando la gente se copa con idioteces y no cuando estamos todos asustados mirando el centro que se hunde. No debería haber llegado a tener un centro tan importante, no tendríamos que habernos desecho de nuestros poderes personales para entregarlo todo a los oficiantes.

El canchero es el enemigo del entusiasmo. El entusiasmo es candidez, disfrute de lo mínimo. Cualquier mirada torva puede describirlo como un énfasis superfluo.

El canchero está de vuelta, conoce hasta lo que no conoce, explica las cosas reduciendo rápidamente las rarezas del mundo a una serie de simplezas acostumbradas.

El canchero sobra, el entusiasta está en un estado de apertura que admite y se sirve de la vulnerabilidad que no necesita eludir. El entusiasmo no es un estado de extremo cuidado, de extremo rigor, es una participación que se deja vivir.

En vez de una moral del sacrificio, una moral del entusiasmo, que entienda que aun para el trabajo es necesario entrar por la vía del darse gusto y no del someterse o dejarse de lado. La moral del entusiasmo exigiría que uno se lleve siempre consigo, que no pueda fácilmente despojarse de las características y los gustos personales para volverse formal. Llevarse a todas partes, estar de entre casa, ponerse cómodo.

La otra contrafigura del entusiasmo es el depresivo, el desapasionado, el indiferente. ¿Existirá alguien al que no le interese nada? Sí, los hay, gomas desinfladas. La posibilidad del entusiasmo se origina en la existencia de una energía amorosa inicial con la que hemos o no hemos sido cargados. Sin embargo, muchos desinflados tienen que mantener su indiferencia haciendo fuerza. No están desprovistos de fuerza de base, tal vez no tienen la suficiente para aceptarse, y gastan la que poseen en contener el interés que podrían expresar. El interés lanzado al mundo hace que uno corra muchos peligros: que sea visible, tal vez mirado con sorna, o envidiado, o querido –otro riesgo–, o incluso puede pasar que uno llegue a proponerse cosas que no logre y quede en evidencia.

El fracaso es un más acá del entusiasmo, porque el entusiasmado obtiene su paga en el proceso y no sólo en el resultado. Eso es el entusiasmo, precisamente, una complacencia en los caminos que transita una determinada actividad. El fracaso es una figura del desinflado, con la que expresa el temor de entregarse a su entusiasmo contenido o posible. El verdadero fracaso es no superar el temor. ¿Fracasar es que otro/a te diga que no, que algo salga mal? No, fracasar es no haberlo intentado, no haberse animado a tratar.

El entusiasmo es un intento que ya salió bien. Un entusiasmo es una vida: nace, crece, se reproduce y muere. Malditos seamos todos los que alguna vez hemos creído que un entusiasmo no era verdadero por el hecho de haberse agotado. No es cierto que el entusiasmo sea constante y permanente, es más bien cambiante y oscilatorio. Es cierto que la inconstancia puede nacer en las normales incapacidades del sujeto de entregarse al correr de sus emociones, del susto o de los peligros, reales o inventados. Pero también es cierto que el entusiasmo bien vivido tiene sus límites y sus finales. El asunto está en saber distinguirlos, sintiéndolos y pensándolos.

El entusiasmo es un amor por las cosas, un afecto por ciertos ámbitos, personas, actividades. Un amor que realiza nuestras posibilidades, que nos acerca a seres cuya existencia, por pertenecer precisamente a ese campo de vida compartido, tiene sentido para nosotros. El entusiasmo es el camino subjetivo para acceder al sentido, el punto nieve del querer, la ebullición que nos cocina y realiza.