sábado, 1 de septiembre de 2012

Dentro de ti

Para el hombre sabio el Bien y el Mal,

La alegría y o la tristeza son iguales
Y todo lo que comenzó
Debe finalmente acabar.
Goza con la alegría que llega!
Olvida la pena que se va!

No anheles vivir lo que aún no ha sucedido.
Ni amargues tu corazón
Pensando en el día por nacer.
Tampoco vivas lamentado el dia que se fue.
No tortures tu vida con temores,
Ni con falsas quimeras,
¡De los fantasmas del pasadoy del miedo
Al porvenir, liberate y serás feliz!

Entre duda y certeza, sólo hay un paso.
Entre creer y no creer, hay tan solo un paso.
Entre odiar y amar, hay sólo un paso.
Disfruta, canta, baila,
Entre vida y muerte
¿ hay tan sólo un paso!

Más allá de los confines de la tierra,
Más allás de donde empieza el dia
Y la noche termina,
Más allá de donde se divorcian
Horizonte e infinito,
Más allá del límite del tiempo,
Buscaba frenético el cielo y el infierno,
No los pude hallar, fue entonces que
una voz celeste susurró:



“El cielo y el infierno, están dentro de ti”




Omar Khayyam

¿QUÉ TAL TU VIDA AMOROSA?

Empieza por hacerte estas preguntas: ¿Cómo es tu vida amo­rosa? ¿Te rodean personas cariñosas que te demuestran amor? ¿Personas que te conocen de verdad, que te valoran y te quieren?
¿Personas a las que tú conoces íntimamente, a las que puedes amar a tu vez? ¿Crece el círculo de amor a medida que entras en con­tacto con más personas? ¿Eres capaz de dar y recibir amor fácil­mente con personas de ambos sexos? ¿Hay alguien especial con quien compartes el tipo de sexualidad que deseas disfrutar? ¿Man­tienes relaciones duraderas?
Aparte de las relaciones con los demás, ¿cómo te relacionas contigo mismo? ¿Te quieres? ¿Te gustas totalmente y te sientes cómodo con ­tu estilo de vida? ¿O por el contrario estás en conflicto permanente, te gustas un rato pero te disgustas el resto del tiempo? Quizás incluso te odias; detestarse no es tan insó­lito. ¿Hasta dónde llega tu autoestima? ¿Cómo calificarías tu rendi­miento profesional? ¿Eres capaz de brindarte compasión, perdón, aceptación y amor cuando no eres perfecto? ¿Te entregas a ti mismo en la misma medida en que te entregas a lo demás?
Si estas preguntas te producen desasosiego, ¿conoces la causa? Si las cosas no son como te gustaría que fueran, ¿sabes por qué? Si no atraes al tipo de personas que te agradan, ¿sabes qué anda mal? -¿Te diviertes realmente con la gente con quien compartes tu tiempo? ¿Disfrutas de tus actividades profesionales, de ocio y amistad, cualesquiera que sean? ¿Es tu vida como tú la deseas? Y si no lo es, ¿sabes por qué? En caso de que lo ignores, este libro puede ayudarte a averiguarlo y a encontrar una solución prác­tica.
Tómate unos minutos para responder a las preguntas anterio­res. Si lo que se te ha ocurrido a medida que las leías te ha llenado de una satisfacción sin reservas, si tu vida está llena de amor, ¡ma­ravilloso! Entonces es probable que para ti la vida sea una grande y gloriosa aventura de plenitud espiritual, emocional, intelectual y física. Has aprendido a amar y a ser amado, perteneces al grupo de los afortunados.
Si no es así te encuentras entre la mayoría desafortunada. Para ti hay algo que va mal, algo que va terriblemente mal; el amor con el que sueñas te elude o nunca se convierte en una realidad dura­dera; no haces más que encontrarlo, tocarlo con la yema de los dedos y verlo pasar, como cuando se lanza una piedra que pasa ro­zando la superficie del agua. Sí, es posible que tus relaciones ten­gan un buen principio, que incluso las vivas con intensidad, pero inevitablemente fracasan. Quizá tu matrimonio no vaya bien; lo que en un momento dado te pareció la culminación de tus espe­ranzas de amor puede estar convirtiéndose en un campo de batalla. Maridos, mujeres, amigos, amantes, hermanos, hermanas, padres e hijos están desconcertados y se preguntan: «¿Qué ha sido del amor? ¿Es que no era más que una fantasía infantil?».
Por supuesto que no. El amor que tanto has deseado, que tanto has luchado en vano por conseguir, no es un sueño de juventud idealista. Tampoco es sólo una palabra. Claro que es posible amar y recibir amor plenamente, no por un momento, sino durante el resto de la vida. El amor no sólo es posible, es natural: hemos sido creados para el amor, para amar y ser amados. No existe dicha mayor que el amor: nada hay más doloroso que su ausencia.
El amor será difícil de encontrar, pero no será por no bus­carlo. Normalmente la gente se arregla, se pone atractiva, sale a lu­gares donde se reúnen los demás buscadores y espera a que llegue la persona idónea. A menudo se forjan la ilusión de que el amor depende de encontrar a una persona con una mezcla perfecta de buenas cualidades y un mínimo de malas. «Si encontrara a alguien inteligente y con sentido del humor, se dicen, «sería tan fácil amar. Sí encontrara a una persona tierna, considerada, próspera y estable que deseara formar una familia (o no), el amor ya no sería un problema». La imagen del hombre o la mujer ideales varía con el tiempo, pero el engaño que se esconde detrás de esta actitud es que hasta que se encuentra a la persona que satisfaga todas las ex­pectativas, se carece de amor.
La diversidad y movilidad de las personas que configuran las grandes áreas urbanas ayudan a perpetuar las falsas esperanzas de aquellos que «salen» a buscar a alguien para poder dar salida al pozo de amor que llevan dentro. Si bien es cierto que cada día es una nueva oportunidad de encontrar a esa persona «maravillosa» que hará el sueño realidad, también es verdad que para los que no saben amar, cada día será casi con seguridad una repetición de la desilusión y el vacío cotidianos. La vida se convierte en una lucha cuando pretendemos materializar un ideal falso, pues tal autoengaño sólo puede conducir a la decepción.
En realidad el amor no depende de los demás sino de uno mismo. Si tu vida amorosa es nefasta, no se debe a que «sea difícil conocer a alguien», «no seas lo suficientemente atractivo», «no ten-gas dinero», «no te guste salir de copas para mantener charlas su­perficiales», «no encuentres a nadie de tu tipo» o «nadie se interese por una mujer divorciada y con hijos».
Muchas personas han cambiado su religión occidental por la oriental. En una era de inestabilidad, confusión e incertidumbre, los gurús v otros maestros espirituales han ejercido una influencia considerable. Es posible sentarse ante un maestro y recibir su amor, bendición y conocimiento; es posible entrar a su ashram, se­guirle a la India y recibir inyecciones diarias de su amor espiritual. Bien, pero con ello nadie va a convertirse en una persona que ama, aunque la apariencia pueda engañar. Sin embargo, sí es posi­ble que esto satisfaga la necesidad de dependencia y seguridad al tratar al maestro como al padre o a la madre amorosos que uno siempre deseó y nunca tuvo.
Ningún viaje espiritual, por elevado o iluminado que sea, puede por sí mismo enseñar el amor. El espíritu, como una cometa, se re­montará en el aire con la guía del maestro, pero el resto del ser per­manecerá en tierra, con la cuerda en la mano, observando.
Todo esto no quiere decir que deban despreciarse las valiosas enseñanzas orientales, puesto que dichas doctrinas expresan verda­des universales. Sin embargo, es ilusorio pensar que basta con sen­tarse frente a un místico para aprender a amarse uno mismo. Ac­tuar con amor no es ser amoroso, ni tampoco es igual amar a Dios, que es perfecto, que amar a seres de carne y hueso. Aun así, se nos dice que amemos al prójimo, y a pesar de que con el intelecto aceptemos este mandamiento como una máxima de sabiduría espi­ritual, ¿qué hacemos? El intelecto subrepticiamente se pone la mascara y el atavío de la espiritualidad, se convierte en un impostor y oscurece nuestro verdadero ser espiritual.
El amor a uno mismo y a los demás tiene lugar en el nivel emocional del ser, mientras que el amor a Dios que surge de la   ¡oración emana del plano espiritual. Del mismo modo que las per­sonas con carencias afectivas a veces desarrollan desmesuradamente el intelecto para compensar esta deficiencia, la gente muy religiosa suele luchar por compensar sus problemas emocionales desarrollando en exceso la espiritualidad.
 Pero cada uno de noso­tros estamos formados por una «trinidad» de intelecto, emociones y espíritu que habita en nuestro cuerpo físico, y ninguna parte puede sustituir a las demás. Por tanto, aunque desplegar la espiritualidad es una empresa positiva, también es un error pensar que cuanto más espirituales seamos, más nos amaremos a nosotros mismos y a los demás en el plano emocional.
La prueba de lo expuesto no se encuentra en mis argumentos, sino en la propia experiencia. Pregúntate si conociendo a la per­sona adecuada, experimentando la religión o meditando has alcan­zado la plenitud de amor dentro de ti. Si eres sincero, verás que ninguna de estas actividades, sean lo beneficiosas o bienintencionadas que sean, han llegado al núcleo emocional del problema.
La falta de amor es un problema emocional, y por ello muchos de nosotros nos hemos adentrado en el mundo de las psicoterapias y cursos de crecimiento personal para resolverlo. Se han creado infini­tas formas de terapia basadas en innumerables técnicas, desde las te­rapias individuales y de grupo a las disciplinas cuasi-espirituales; en ellas se habla y se escucha, se te dice cómo has de pensar y cómo no has de pensar, se intercambian gritos, masajes, bromas y codazos. Con honesta intención, algunas de estas terapias abordan directa-mente el problema de amarse a uno mismo y a los demás, pero lo más frecuente es que sean una mezcla de más y más amonestaciones y ejercicios inútiles de pensamiento positivo. La mayoría son «conti­nuadas» y de «final indeterminado». Ofrecen escasa resolución, y pocas han demostrado tener un valor duradero.
. Considere­mos las palabras de un respetado psicólogo, de buena reputación y mucha experiencia:
He pasado toda mi vida adulta tratando de poner fin a mi tor­bellino interior. Me doctoré en sicología, pero no encontré respuestas. Me hice analizar y estudié para ser yo también sicoanalista; hice progresos, pero siempre se me escapaba la solu­ción. Me apunté a una terapia de grupo y comencé a experi­mentar aquí y allá para ver si encontraba curación para mí y mis pacientes: Estudié muchos métodos nuevos y conseguí más y más progresos. Descubrí el método Gestalt y avancé mucho más que hasta entonces. Me convertí en terapeuta de esta téc­nica, pero seguía sin hallar la solución. De modo que, después de dieciocho años de práctica he venido a California, aún en búsqueda de una solución a mis problemas. (...) Me he desespe­rado muchas veces, he retrocedido y he vuelto a intentarlo. Estoy harto de seguir progresando. Lo que quiero es recorrer el camino de una vez.
Los psicoterapeutas profesionales saben que la causa principal de los problemas emocionales se encuentra en la programación que recibimos de nuestros padres en la infancia. Lo saben, pero saber no es suficiente. Los terapeutas y sus pacientes amplían cada vez más sus conocimientos sin que ello se traduzca en un aumento de su capacidad de amar, porque hay una laguna o una falta de in­tegración entre lo emocional, lo intelectual y un aspecto que las te­rapias han dejado de lado durante mucho tiempo: el espiritual. Tanta información inyectada en el intelecto sólo aumenta la ten­sión y el conflicto, sin cambiar realmente el programa emocional. Ni los viajes mentales, ni el entendimiento intelectual, ni las metodologías espirituales han conseguido proporcionar un bienestar permanente
.
En otras palabras, la solución a un problema emocional no es algo que pueda «representarse» con la mente, es algo que es preciso «sentir». El intelecto tiene lógica, las emociones tienen necesidades. Hay terapias que tratan los niveles afectivos más profundos para resolver cuestiones inacabadas de la infancia. Aunque apunten a su causa, tienden a solucionar los traumas uno a uno, lentamente. Rara vez se llega a la deseada solución última, o ésta puede llevar toda una vida.
Cuando las terapias o los grupos de crecimiento fracasan en ayudar al paciente a descubrir y experimentar el amor hacia uno mismo, la solución se escapa. ¿Cómo podría ser de otro modo? Hasta que no desborde nuestra copa de amor, siempre faltará algo en nuestras vidas; por muy bien que marchen las cosas, la ausencia de amor incondicional creará un vacío, como cuando se cae un diente y la lengua no puede alejarse del hueco.
Mientras millones de personas han buscado el secreto del amor, otros han tomado un camino diferente. Saben que sufren y todo lo que desean es aliviar el dolor: la variedad de analgésicos que consumen es prácticamente infinita.
Además, el trabajo puede ser una forma de evitar el amor. Para algunas personas resulta más fácil casarse con una empresa o con una profesión que con una persona. El hombre y la mujer que tra­bajan doce o más horas diarias tienen una excusa en su cansancio o en su falta de tiempo para eludir el amor. Es habitual que rellenen compulsivamente las vacaciones y los fines de semana con muchas tareas para así no enfrentarse al vacío que sienten en su interior. Las agencias de viaje y de ocio obtienen en parte sus ganancias de la necesidad que millones de personas sin amor tienen de hacer algo, lo que sea, para no reconocer lo terrible, lo devastador, lo so­litario que es vivir sin amor.
Quizá los más patéticos sean los «solitarios», aquellos que viven año tras año con un contacto humano mínimo. Se levantan por la mañana, van a trabajar, vuelven tarde, cenan solos y pasan la velada con un libro, la televisión o sus mascotas (por supuesto, los animales nunca rechazan, son de confianza). Y al día siguiente lo mismo, y el siguiente, y el subsiguiente. Los fines de semana dan un paseo, una vuelta en coche o visitan un museo, siempre solos, apenas sin hablar con nadie, con una ausencia casi total de contacto físico.
Y sus excusas para no relacionarse, al igual que las de los bus­cadores de pareja, son interminables: «Me gusta la soledad», «Nunca he encontrado a nadie que me importara de verdad». «De­masiado esfuerzo», «No suelo gustar», «No quiero tener relaciones estables», «Quizá me pidan cosas que no quiero dar, y no me gusta decir No», y otras tantas.
Detrás del gusto por la soledad se esconde el miedo al aban­dono. Es más fácil sentirse seguro evitando a la gente que co­rriendo el riesgo de un desaire temporal, por no mencionar el re­chazo total. Pasado un tiempo se acomodan a un nivel de relación que pueden soportar, porque implica un mínimo de problemas, y ya está. Emocionalmente han muerto para el resto de su vida. Sartre dijo que «el infierno son las personas», y los solitarios viven como si se lo creyeran. En realidad el infierno son las personas únicamente cuando los demás se encuentran en el infierno de su propia falta de amor. Bajo ese exterior de zombie hay un anhelo de amor que ellos nunca reconocen por temor a encontrarse hundi­dos en un estado crónico de profunda depresión.
Si bien hay razón en todas estas cosas, ninguna de ellas es verdad; porque en un plano más profundo, aquellos que niegan el amor y su necesidad de él no hacen sino intentar «demostrar» una mentira para protegerse del dolor que supondría enfrentarse a la verdad y al vacío de sus vidas.
Si el amor no existe, no tengo que pedirlo; si no lo pido, nadie me lo negará. Es una lógica retorcida y tiene sentido... un sentido masoquista.
Sin embargo, el amor no es un obstáculo, es el gran libertador. Cuando te amas a ti mismo por lo que eres y puedes dar ese amor a los demás, alcanzas un grado de libertad desconocido para los que se desentienden y se mantienen al margen; entonces puedes cam­biar, puedes amar, no importa lo incapaz que hayas sido hasta ese momento; nunca es tarde. Para llegar a ese estado, primero es pre­ciso esclarecer el sentido del amor, lo que es y lo que no es, y des­pués eliminar los bloqueos y las resistencias mediante la reeduca­ción y el reaprendizaje.
Dar suele confundirse con amar. Es cierto que los que aman, saben dar, pero no viceversa. Hay una gran diferencia entre dar por dar y dar para recibir, y en la mayoría de los casos se trata de lo segundo, dar para obtener algo a cambio. Cuando aquellos que realmente se aman a sí mismos y a los demás dan, su dádiva está exenta de culpa y no tiene otra motivación fuera de la necesidad del que la recibe.
El amor que los padres dan a sus hijos muchas veces no es lo que parece. Hay padres que declaran amar a sus hijos y para pro­barlo enumeran los sacrificios que han hecho por ellos. Es fácil ver el tiempo y el dinero sacrificados, pero no lo es tanto ver las expectativas de recompensa que se ocultan tras ellos, y que no se manifiestan hasta que el niño se rebela o no satisface las esperanzas de los padres. «¿Cómo puede habernos hecho esto, con todo lo que nos hemos sacrificado por él?» Lamentos como éste ponen en evidencia que los padres dan para recibir a cambio, lo cual no es más que una forma de seudo-amor.
Entonces, ¿qué ha pasado con el amor? La respuesta es que en la infancia no aprendimos a amar, tan sólo observamos cómo nuestros padres se engañaban con sucedáneos del amor. En lugar de presenciar amor verdadero, fuimos testigos de una mentira v nos la creímos: aprendimos a pensar que el amor es relación sexual, dinero, comida, sufrimiento, trabajo duro, obligación o poesia.
El amor es una emoción, un estado del ser que proviene de la esencia espiritual de cada uno, es «la luz» que brilla dentro de los amantes. Aprendimos a expresarlo según fuera la relación de nues­tros padres entre sí y con nosotros. Cuando durante los años de formación experimentamos el amor incondicional, nuestra copa se desborda y al crecer podemos compartirlo con los demás. Si, por el contrario, la copa nunca estuvo llena, sólo podremos dar frugalmente, y daremos para recibir.
De todos estos ejemplos podemos sacar conclusiones impor­tantes. Para ser un buen amante, primero debes amarte a ti mismo desinteresadamente. Todo el mundo es digno de amor. Tú tam­bién puedes aprender a aceptarte, a perdonarte y a amarte a ti mismo. Cambiar es posible, por muy bloqueado que te sientas; da igual lo negativa que haya sido tu vida, porque independientemente de la adicción que hayas elegido por vergüenza, culpa y autocastigo, puedes lograr lo que siempre has deseado. Puedes hacer tu sueño realidad.
No obstante, con el análisis mental nunca encontrarás la salida del fracaso. La falta de amor por uno mismo es como una jaula, y la mente no es la llave (si el intelecto fuese tan listo, ¿por qué no estás bien?). No basta con leer un libro lleno de reglas maravillosas para dejar de ser incapaz de amar (incluso es posible que hayas co­gido este libro con esa secreta intención). Si los libros pudieran ex­plicar el amor y enseñar a sentirlo, el Antiguo Testamento habría sido suficiente. Lo que un libro sí puede hacer es cogerte de la mano y guiarte a lo largo de la experiencia. «Conocer» un pro­blema emocional no va a resolverlo, pero admitir que no sabes qué hacer es el principio del verdadero conocimiento.

EL SÍNDROME DEL AMOR NEGATIVO


Para bien o para mal, cuando eras niño integraste a tus padres den­tro de ti. Quizá te hayas sorprendido alguna vez diciendo: «Acabo de hablar como mi padre». «¡Pero bueno, si estoy actuando como mi madre!». «¿Por qué estoy haciendo esto?, mi madre (o mi padre, o ambos) solían hacerlo». «Odiaba que ellos lo hicieran y aquí estoy, haciéndolo yo también».
Si crees que no has integrado los comportamientos de tus pa­dres, ¿cómo es que en momentos cruciales te conduces compulsivamente como ellos, incluso aunque no quieras?
Es fácil entender por qué en la niñez emulamos las conductas y las características positivas de los padres, pero resulta más difícil comprender por qué imitamos sus conductas negativas. Curiosamente, los estudiosos no han dado demasiada importancia a este galimatías. Si en la infancia condenamos lo negativo de nuestros padres, ¿por qué entonces asimilamos los mismos hábitos autodestructivos?. La pregunta que todos debemos hacernos es: ¿Por qué hemos hecho lo mismo con nosotros?
El amor negativo es el impulso humano más paralizador; es la adopción de las conductas, estados de ánimo, características y mensajes negativos (abiertos o encubiertos) de nuestros padres. Por causa del amor negativo, en la infancia adquirimos estos comportamientos a fin de: 1) no superar a nuestros padres, con la esperanza de que ellos nos acepten y nos amen, y 2) para castigarlos subconscientemente, como venganza por haber­nos reducido a su propio nivel. ¿Cuál es el resultado? Vergüenza, culpa y autocastigo.
Con la primera parte de esta reacción, pedimos a nuestros pa­dres que nos acepten por ser como ellos; con la segunda expresa­mos disimuladamente nuestro resentimiento por sus limitaciones. Cuando reflejamos a nuestros padres sus propios errores, les mo­lestamos, les enfurecemos, les hacemos sufrir y sentirse culpables: es la venganza por no recibir su amor y aceptación constantes. Por supuesto, en la balanza final los que más sufren de vergüenza, culpa y autocastigo somos nosotros. Hay quienes se enfrentan incluso a la muerte para poder justificar y cumplir sus fines vengativos.
¿Tiene algún valor reaccionar así ante los padres? Sí, lo tiene en un mundo al revés: el amor negativo es lógica ilógica, cordura loca, razón sin razón. Es poderoso porque es un dilema sin solu­ción. ¿Qué otro motivo induciría a elegir esta actitud? El amor ne­gativo es una pescadilla que se muerde la cola: sólo se gana cuando se pierde. Se sufre y, lo que es peor, también sufren los hijos de los que sufren, puesto que los comportamientos se transmiten. Como dice la Biblia, «los pecados de los padres recaerán sobre los hijos de generación en generación».
En el síndrome del amor negativo, hay tres modos básicos de reaccionar:
1.      Trascendencia. En el caso de algunos rasgos no emotivos, a veces somos capaces de trascender las características negativas de nuestros padres sin sentir conflicto interno. Pero desafortunada­mente muy pocos rasgos se trascienden cuando aún no se ha erra­dicado el síndrome del amor negativo.
2.      Adopción. Esta es la reacción más común, la de adquirir por completo los rasgos parentales. Por ejemplo, podemos adoptar un rasgo negativo como la «crítica» y después a) ser crítico con nosotros mismos, b) criticar a los demás, o c) conseguir que los demás nos critiquen. Si además el rasgo proviene de la madre y del padre, es doblemente devastador y resulta casi imposible rebelarse contra él.
3.      Conflicto. Adoptar el rasgo y al mismo tiempo rebelarse con­tra él puede provocar un interminable tira y afloja interno. Supongamos que a uno le disgusta una característica de uno de sus padres y sus consecuencias; así pues, lo elimina y adopta una conducta al­ternativa. Pero aun actuando de la forma alternativa, la voz nega­tiva interior no se acalia y lo arrastra en la dirección opuesta.. Este vaivén Es un conflicto de tira y afloja: a veces procedemos con la conducta adoptada y a veces con la alternativa genera una an­siedad y un conflicto aun mayores.
Se ha demostrado que las personas que maltratan a sus hijos fueron a su vez objeto de vejaciones en la infancia. He aquí un claro ejemplo del síndrome del amor negativo. En la dolorosa ago­nía de su niñez, quizá se juraron a sí mismos que cuando crecieran y tuvieran hijos nunca les pegarían ni se comportarían como sus padres lo hicieron con ellos. Pero en la madurez rara vez son capaces de vivir conforme a esas buenas intenciones. Si lo consiguen,   ¡el impulso emocional oculto se manifiesta en alguna otra forma de comportamiento destructivo.


Lo normal, sin embargo, es que estas personas, que fueron maltratadas cuando niños, acaben golpeando e hiriendo a los hijos a pesar de sus buenas intenciones. (4ada vez que lo hacen, su propio Niño interior llora y grita en silencio: «¿Ves, mamá, papá? Llago daño a mi hijo y le pego como tú me pegabas a mí. No soy mejor que tú, no te he superado, soy como tú. ¿Me querrás ahora?. Mientras maltratan a sus hijos también sienten remordi­miento, pero al igual que los alcohólicos y los drogadictos, no tie­nen fuerza para detenerse. Ciertas organizaciones como Alcohóli­cos Anónimos, las instituciones para la prevención de malos tratos a la infancia y las asociaciones de padres han conseguido aliviar la culpa del remordimiento que aniquilan a este tipo de individuos. No obstante, se puede ir más allá: el impulso Inconsciente de mal­tratar a los hijos se puede erradicar, cuando se ha comprendido el síndrome del amor negativo que lo origina.
En el otro extremo tenemos a los niños que nunca se sintieron queridos ni aceptados por uno de sus padres o por ambos. Los adultos con este pasado anhelan e idealizan el amor que han leído en los libros o visto en el cine o la televisión, pero su programa­ción negativa («no mereces amor») impide que sus sueños se con-viertan en realidad. Aun cuando tratan de representar el papel y mostrarse cariñosos el programa interior negativo destruye com­pulsivamente el intento. Es la encarnación de una profecía que se  cumple una y otra vez y que debe exorcizarse, o continuará hasta  ¡que la muerte nos lleve de este mundo.
Siempre ha sido difícil definir el amor, pero podríamos consi­derar esta posible definición:
 El amor es la bondad emocional que emana del alma y del corazón y se vierte y derrama primero en uno mismo y luego en los que nos rodean. La verdad primordial de esta definición es que nadie puede dar amor a menos que lo posea.
,Lo que suele confundirse con amor es meramente el fingimiento o representación del amor con el fin de recibir o conseguir el afecto de los demás. El verdadero amor sólo puede manifestarse cuando nos aceptamos y nos ama­mos a nosotros mismos. Entonces si podemos dar por dar y dejar de preocuparnos por lo que recibimos a cambio. Lo que es nuestro tendremos en cualquier circunstancia.
El amor negativo es una adicción compulsiva que mina nues­tra capacidad para amar con libertad. Este amor negativo nos ha dominado demasiado tiempo. ¿No es ya hora de que nos desen­ganchemos de nuestros padres y superemos el «mono»?
Cuando niños nos esforzamos siempre por ganarnos el amor nuestros padres. Para ello pagamos un precio muy alto. En esa identificación negativa con los padres, de hecho uno traiciona a su alma y la entierra bajo el barro y el fango del comportamiento de amor negativo. Este libro trata precisamente del modo de recupe­rar la verdadera esencia y limpiar la negatividad que la cubre.
La ceguera ante la ceguera es la causa de que vivas descorazo­nado y sin libertad. No desesperes, todavía puedes hacer algo, pero deseas liberarte tienes que poner las cartas sobre la mesa, hacer un esfuerzo sincero para averiguar quién eres y en qué te ha con­venido. Debes atreverte a cruzar el dolor emocional de tu infancia para salir por el otro extremo del túnel. El sufrimiento será profundo, pero breve. Es mejor enfrentarse a él de una vez por todas que cargar con el pesado fardo de la programación automática del amor negativo durante toda la vida. Al otro lado te esperan la libertad, la autoaceptación, el perdón y el amor por ti mismo.
¿Quién dijo que no eres capaz de realizar tareas difíciles? Fueron tus padres, aun cuando lo hayan hecho sin darse cuenta ¿pensando que hacían exactamente lo contrario. ¿Dónde si no lo ha­brías aprendido siendo un niño?
Por causa del amor negativo, te tragaste esa mentira y ahora te pasas la vida ideando métodos refinados (llamados adicciones) para eludir el auténtico dolor que es causa de tus problemas. Temías que encarar la realidad de tu dolor seria insoportable y por eso has elaborado técnicas de evasión, con la esperanza de que el sufrimiento desaparezca si no lo ves. Una de las más mayores men­tiras que te hicieron creer tus padres es que no puedes enfrentar el dolor, el sufrimiento y las situaciones difíciles.
Algunos de los peores mensajes de anulación (abiertos o encubiertos) son los siguientes: «Nunca llegarás a ninguna parte»; «No vales para nada»; «No hay nada que hagas bien»; «No eres nadie, nunca tendrás éxito, ni lo intentes, ¿para qué molestarte?»; «Eres un perdedor, «No mere­ces amor».
La rueda del infortunio ya ha dado una vuelta completa. ¿No fue el mensaje «Soy indigno de amor> el que empezó todo este ab­surdo? Basta con aplicar la pauta de invalidación al Proceso para que la profecía vuelva a cumplirse y nos derrote; también se po­dría esgrimir para perpetuar la actitud «pobre de mí, mártir y víc­tima».
Cualquier programación puede desprogramarse, siempre hay esperanza de vivir la vida con paz y amor en el presente y en el fu­turo. Lo tenemos todo, nuestro verdadero yo positivo está siempre con nosotros. Desgraciadamente nuestros padres, debido a su pro­pia programación negativa de la infancia, no sabían cómo alimen­tar nuestra esencia de perfección, sus padres tampoco nutrieron las suyas, nunca les enseñaron a respetarse y a amarse, ¿cómo iban a enseñarnos algo que no sabían? Si hubieran podido honrar su esencia, habrían honrado la nuestra y la habrían cuidado con amor incondicional y un fuerte sentido de seguridad interna.

CÓMO ADOPTAMOS LAS CARACTERÍSTICAS NEGATIVAS DE NUESTROS PADRES

Los niños lo tienen difícil. Ricos y pobres, de familias muy o poco numerosas, todos crecen en un mundo que no han creado, gober­nado por reglas que ellos no han establecido. Desde su punto de vista el control de su vida lo ejercen personas mayores y poderosas que suelen actuar de forma incoherente, ilógica o hipócrita, con intimidación, frialdad, falta de amor y, en algunos casos, incluso con brutalidad y violencia.
El amor condicional e imprevisible de los padres induce a los niños a sentirse constantemente a prueba, como si siempre tuvie­ran que estar demostrando algo. Antes de que sus padres les enseñen a no distinguirlo, ellos ya conocen la diferencia entre el autén­tico amor que necesitan y el papel que normalmente desempeñan los padres para sustituirlo. Algunos son víctimas de malos tratos emocionales y físicos a manos de unos padres que en su infancia también fueron emocional y físicamente maltratados.
Soy consciente de que éstas son verdades difíciles de aceptar. Aun cuando veamos con mucha claridad los defectos de nuestros padres, los defendemos visceralmente porque necesitamos creer que nos querían.
Con la razón podemos admitir que si para nosotros fue difícil, quizá para nuestros padres fue aún peor en su propia infancia. En general tendemos a cuidar los recuerdos felices de la niñez mien­tras que intentamos olvidar y perdonar los malos, pero aunque así podamos lograr cierto grado de compasión por nuestros padres, únicamente reviviendo la triste verdad de la infancia que tuvieron y la relación programada que mantuvimos con ellos sentaremos las bases de la compasión total y el amor auténtico. Cuando nos li­beramos de los sentimientos hostiles, rebeldes y vengativos repri­midos (o no) hasta ahora, somos capaces de aceptar, perdonar y amar para siempre a nuestros padres.
Ciertamente hay padres que maltratan a sus hijos, pero, salvo esta excepción, la mayoría de los padres no hacen daño a sus hijos consciente o deliberadamente. Los adultos se esfuerzan al máximo frente a sus limitaciones humanas y las tensiones para salir ade­lante. Tienen días buenos, días malos y a veces alguno que es mejor olvidar. Luchan por aprender a vivir con sus propios altiba­jos y con los de los demás. Pero sin darse cuenta, y a pesar de sus buenas intenciones, muchos padres se han visto de forma incons­ciente (a veces consciente) maltratando emocional y físicamente a sus hijos.
La perspectiva de un niño es limitada. Los niños creen que sus padres y otros adultos siempre saben lo que hacen; el mundo per­tenece a los adultos y ellos lo gobiernan, ¿no? Por tanto, los traten como los traten sus padres, ellos siempre consideran que es co­rrecto, que tiene su razón de ser, lo cual puede resultar confuso. Porque, ¿cómo pueden estas personas afirmar que te quieren y luego tratarte adrede tan rudamente y con tan poco amor? ¿No has dicho alguna vez algo así como «Dicen que me quieren, pero...»? Y de esta forma, muchos asocian el amor con el dolor. Por negativo que esto sea, esa es la relación que tienen con lo que consideran amor.
Son los comportamientos negativos adoptados los que generan las pautas de comportamiento autodestructivas. Aquí radica el ver­dadero problema. Si una madre es temerosa, el hijo aprende a serlo también; si el padre no demuestra sentimientos, el niño tampoco los mostrará: si la madre no es razonable y finge ser inútil, el hijo aprenderá a no resolver los problemas; si el padre lo posterga todo, el niño dejará sus obligaciones «para otro momento». Cuando el padre y la madre poseen un mismo rasgo negativo, el hijo hereda doble dosis de negatividad.
El rasgo más devastador que puede imitarse de los padres es la incapacidad de amarse uno mismo y al prójimo. Si tus padres no sabían amarse a sí mismos, ni a ti ni a los demás, es imposible que te enseñaran a dar y recibir amor. A pesar de sus buenas intencio­nes, no pudieron enseñarte a amar (ni siquiera a amarlos a ellos) y te contagiaron la enfermedad emocional de tu vida. Casi la totali­dad de las desgracias humanas tienen sus raíces directa o indirecta­mente en esta «enfermedad». Si la falta de amor es un cáncer, el «virus» que lo causa es el amor negativo.
No hay ningún rincón de tu existencia pasada y presente que haya quedado indemne del ejemplo de tus padres. Si deseas averi­guar el efecto que ha tenido en ti, ponte cómodo, relájate y párate a pensar: recuerda a la madre de tu infancia, imagínala en un habi­tación de la casa, tal vez en la sala de estar o la cocina, haciendo o diciendo algo característico que te molestaba en especial. Quizá te reñía por nimiedades o te alababa pegajosamente. No es necesario que sea algo que te hizo, lo importante es que veas en ella un deta­lle que fuera negativo.
Reconoces que tus padres no eran perfectos, ¿verdad? Tómate unos minutos para acordarte de una o dos escenas más en que tu madre dijera o hiciera algo que no te gustó cuando eras pequeño. Ayuda a la memoria cerrando los ojos y permitiendo que las imágenes salgan a la superficie.
A continuación, haz lo mismo con tu padre. Imagínalo reali­zando o diciendo algo característico que te hiciera sentir infeliz o incómodo, imponiéndote por ejemplo una disciplina férrea o in­justa, no mostrando ningún interés en las cosas que te importaban, o no infundiéndote autoestima alguna. Cuando hayas rememorado dos o tres rasgos más por cada uno de tus padres, añádelos a la lista del capítulo 2. (Si quien te educó fue algún tutor o una niñera en lugar de tus padres biológicos, realiza el ejercicio también con ellos.)
Ahora examínate sinceramente. ¿Cómo se expresan en ti los aspectos negativos de tus padres? ¿Eres como ellos? ¿Se han con­venido sus defectos en los tuyos? ¿Los exteriorizas con variacio­nes? Si tu madre reñía y criticaba a los demás por cosas insignifi­cantes, ¿lo haces tú ahora? ¿Te resulta tan difícil como a ella felicitar a los demás cuando hacen un buen trabajo? ¿Eres como tu padre cuando reaccionaba desproporcionadamente ante los fraca­sos o errores ajenos? Cualesquiera que fueran sus defectos, hoy tus padres forman parte de ti. Habiendo descubierto este hecho, debes preguntarme por qué repites los rasgos y pautas que tanto te disgus­taban en ellos.
En caso de que tengas dificultades para determinar si has adoptado un rasgo de tus padres que te fastidiaba, pregúntale a alguien que te conozca bien y que pueda ser objetivo. Quizá requie­ras que te echen una mano para admitir lo negativo que hay en ti.
No sólo adoptaste los rasgos positivos y negativos de tus pa­dres, sino que lo hiciste por una razón primordial: de niño necesi­tabas su amor y aprobación, y convertirte en su réplica era el modo de conseguirlo. «Mamá, papá, miradme», decías en tu inte­rior, «soy como vosotros, ¿me vais a querer?»
Subamos un peldaño más. Si tus padres no sabían demostrarse amor entre si, tú tendrás dificultades en mantener relaciones amo­rosas, y como tus padres no te enseñaron a amar, aunque persistes en la búsqueda del amor siempre terminas en decepciones.
Después de examinar de cerca a tus padres y sus vidas amoro­sas, compáralas con la tuya. Lo más probable es que no difiera mucho, o a lo mejor con tu propio esfuerzo y una voluntad colosal (además de muchos cursos y terapias) has conseguido una vida amorosa distinta de la de tus padres. ¿Qué precio emocional y físico has pagado por ello? Intentar consume una enorme cantidad de energía, no así hacer. Demostrar amor basándose en la rebeldía (No pienso ser como mi padre y mi madre») se convierte en otra forma de seudo amor que no es real, aunque durante un tiempo pueda parecerlo. Finalmente ese alguien tan especial que habías encontrado lo experimentará como algo superficial y falso. En re­sumidas cuentas, la calidad de tu amor es el resultado de la progra­mación del amor negativo.
«¿Qué ha sido del amor?» Se corrompió abierta o encubiertamente con los padres de tu niñez. A estas alturas ya sabes que no eran santos; la cuestión no es si lo hicieron o no de mala fe, las buenas intenciones no modifican los hechos ni los efectos. Si tu padre y tu madre no aprendieron a amar en su propia niñez, ¡No podían enseñarte! Tampoco sirve de consuelo saber que tuvieron la culpa sin ser culpables.
La mayoría de los padres sólo desean el bien de sus hijos, pero si té quitas la venda de a negación y dejas de estar a la defensiva, quizá descubras que en tu infancia no disfrutaste de tanto amor y seguridad como pensabas y que tus padres, con toda su buena in­tención, son la causa directa de tu sentimiento de frustración por no ser capaz de dar y recibir amor satisfactoriamente.
Por favor, sé objetivo, enfréntate para para tu vida amorosa. Si tus padres te quisieron constante e incondicionalmente, ¿por qué no te amas totalmente a ti y a los demás? ¿(Cómo es posible que no aprendieras la lección? ¿Por qué atraes gente que te rechaza
Como para un niño no resulta eficaz ni seguro expresar direc­tamente la rabia contra sus padres, da salida al rencor y la ira a tra­vés de la autodestrucción vengativa. Así, en vez de gritar «¡No, no podéis obligarme!», El niño que reprime su rabia aprende a «ajustar las cuentas» sacando malas notas, saltándose las normas de la casa, fumando, tomando drogas o alcohol, comiendo demasiado o de­masiado poco o asumiendo una conducta delictiva, por mencionar unos pocos «ajustes de cuentas. El furioso niño emocional dice en secreto: «¡Toma! Os vais a enterar, malos padres. ¿Queréis que lo haga a vuestra manera?, Pues no pienso hacerlo. Os arrepentiréis, y como no puedo conseguir vuestra atención positiva, tendré la negativa. El aferramiento a esta ira por rebeldía contra los padres es el origen de los problemas autodestructivos de los adultos.
Muchos niños brillantes deciden no estudiar, como desquite contra sus padres, con lo cual se privan a sí mismos de la oportu­nidad de una buena educación y preparación para la vida. Parece algo masoquista e ilógico, y lo es. El amor positivo tiene más sen­tido v hace un bien mayor que la atención y el amor negativo, pero para un niño son preferibles estos últimos a no tener ningún tipo de atención. Más vale algo que nada.
El conflicto emocional también nace cuando a veces actuamos de una manera y a veces de otra sin estar realmente satisfechos de 1ninguna de las dos. Luchamos contra un doble problema, el que surge de las pautas de amor negativo adoptadas de los padres y el del esfuerzo infructuoso para rebelamos contra ellos. ¿Entiendes ahora por qué los sentimientos de indignidad, incapacidad y falta de autoestima tienen un efecto tan devastador en la sociedad?
Si ha recibido mensajes contradictorios de tu madre y tu padre, de niño te habrás desgarrado en dos para complacer a ambos. Por ejemplo, si tu padre era un despilfarrador y tu madre excesivamente ahorrativa, no saldrás ganando con ninguna de estas actitudes, porque al expresar amor negativo por tu padre tirando la casa por la ventana, te estarás rebelando contra tu madre y surgirá un conflicto. Pero si guardas el dinero para expresar amor negativo por tu madre, te estás oponiendo al rasgo de tu padre, con lo cual el problema cre­cerá. Puedes comprarte el equipo de música más caro que encuentres después comer en el restaurante más económico, así te relacionarás con ambos padres según las respectivas pautas de amor negativo. Volvemos a lo mismo, sólo ganas si pierdes: no puedes ganar siendo como ellos, ni tampoco rebelándote. El resultado es otra vez el calle­jón sin salida.
También se produce conflictos cuando las emociones y el intelecto emiten mensajes enfrentados. Es posible que el pobre Niño interior programado se entregue a toda suerte de reacciones nega­tivas mientras el Intelecto, sabiendo que este comportamiento es peligroso y destructivo, se siente impotente. Los hábitos destructi­vos como el tabaco, el alcohol, comer en exceso, las drogas, la pro­miscuidad y la delincuencia son fuentes de conflicto. El intelecto suele advertir que estos comportamientos son dañinos y peligrosos para la vida, pero el Niño interior rebelde responde: «¡intentad de­tenerme, mamá, papá, vais a ver!.
El conflicto entre las emociones y el intelecto es la causa de que la mayoría de los intentos para superar las adicciones sean infructuosos. Ninguna cantidad de información o de aliento es suficiente para contrarrestar la fuerza del niño rabioso y rebelde que se esconde bajo el barniz del intelecto. En casos extremos ni siquiera el miedo a una muerte súbita tiene el poder de disuasión. Los adictos pueden forzarse a dejar el hábito, pero en sí mismo eso no elimina los programas compulsivos emocionales que lo causan.
Un hombre de 28 años relata el siguiente incidente de cuando tenía cuatro años: Mi madre estaba de pie en la puerta de calle hablando con el cartero mientras yo jugaba en el suelo. Estaba justo debajo de ella y miré hacia arriba con curiosidad dentro del vestido. Se puso tan furiosa que me cogió inmediatamente, me abofeteó y  me regañó delante de aquel extraño. El dolor, la vergüenza y la culpa que me embargaron fueron tan insoportables, que probablemente fue en ese momento cuando planté la semilla de mi incomodidad con las mujeres y la sexualidad.
El mensaje de que mirar el cuerpo de una mujer es una perver­sidad fue tan dañino que ni siquiera después de diez años de casado podía contemplar a su esposa desnuda. Racionalmente sabía que no había nada de malo en ello, que debería gustarle y excitarle, pero su programación emocional negativa le oscurecía la razón y cada vez que veía el cuerpo de su mujer reaccionaba con el senti­miento de culpa y de vergüenza que su madre le infundiera. La consecuencia: una vida sexual frustrada e infeliz.
También existen padres que «están pero no están. Si tus pa­dres estaban siempre tan ocupados en sus propios intereses y acti­vidades que sentías que no te veían ni te oían, aprendiste a creer: «No importo a los demás, no soy importante ni merezco atención positiva. Veamos otro caso de maltrato emocional: se trata de una mujer divorciada que adoptó esta creencia y recuerda la siguiente escena típica de su infancia:
Cuando tenía tres años, quise que mi madre me cogiera en brazos, así que estreché sus piernas entre mis brazos y le di un tirón en la falda para llamar su atención, pero ella me apartó diciendo que estaba ocupada. Siempre la recuerdo ocupada. La recuerdo trajinando, corriendo de un lado a otro atropelladamente a la velocidad del rayo para hacer un montón de tareas y quehaceres. Las mañanas eran una verdadera carrera, quería que todo el mundo estuviera vestido y desayunando en un tiempo límite. Le preocupaba que no le diera tiempo a cumplir su orden del día, que uno de los niños hiciera algo espontáneo que desbaratara sus planes por completo.
De su madre aprendió a ser una madre atareada y apresurada. También ella cumplía frenéticamente los planes impuestos y se impacientaba con los niños, consciente de que se conducía igual que su madre. Se sentía frustrada porque no sabía qué hacer al res­pecto. Las múltiples obligaciones de su programa diario, que exi­gían tanto tiempo y energía para llevar una casa sin marido, se mezclaban trágicamente con su necesidad emocional de emular a su madre. El amor negativo volvió a salir ganador.
En este punto es importante señalar que para estar progra­mado con amor negativo no es imprescindible haber vivido un gran trauma o drama familiar. Un hogar apacible y tranquilo no implica necesariamente un hogar de amor. De hecho, los hijos de personas que se pelean abiertamente encuentran más fácil expresar sus sentimientos que los de aquellos que mantienen una paz falsa. Normalmente, hasta que la gente compara sus recuerdos de infan­cia con los de otros, no toman conciencia de cuántas cosas echa­ron en falta en su adormecida vida familiar, carente de afectivi­dad, similar a la de un zombie.
Hay matrimonios aparentemente amorosos con hijos que tie­nen dificultades para amar. Si el amor entre los miembros de una pareja es inflexible y exclusivo, tal vez no dejen espacio para com­partirlo; los cónyuges se aman mientras descuidan a sus hijos, quienes más adelante se alejarán de los padres por sentirse rechaza­dos. Después, los propios padres se preguntan por qué no respon­den sus hijos al amor que les han ofrecido: se debe a que antes no los incluyeron en su calor protector y reconfortante. Al margen del afecto que los padres se muestren mutuamente, si el círculo del amor no se abre a sus hijos, la siguiente generación encontrará difícil demostrar y recibir amor.
Los afectos no correspondidos prueban los aspectos positivos y negativos del amor. Cuando el amor positivo por otra persona no es correspondido, sufrimos el dolor del rechazo (algunos llegan a decir «Duele que da gusto»). El sentimiento de amor es maravillo­samente arrollador cuando deseamos entregárselo a alguien, pero también es arrolladoramente devastador cuando no nos corres­ponden. El rechazo crea el miedo al amor y entonces retenemos nuestro sentimiento por temor a que nos hieran: el famoso dilema sin solución.
Hay personas que niegan el concepto de amor negativo argu­mentando que somos libres y que nadie tiene la culpa de nuestros problemas excepto nosotros mismos. No obstante, aunque sosten­gamos que disponemos de libre albedrío y que podemos mantener el control de nuestro destino, en la mayoría de los casos la autono­mía es un espejismo. En realidad, reproducimos compulsiva y au­tomáticamente la programación creada por nuestros padres du­rante la niñez. Aquellos que insisten en que pueden reafirmar su propia independencia deberían ser conscientes de que en general los programas los manejan a ellos sin que se den cuenta. Si sus pa­dres les enseñaron que podían ejercer su propia voluntad siempre que decidieran hacerlo, no contaron con el síndrome del amor ne­gativo, que inhabilita la libertad de opción.
No basta con la determinación racional de cambiar la programación: de la trampa sólo se sale a base de trabajar en los niveles emocional, intelectual, espiritual y físico. Dado que el inte­lecto es una gota en el océano de la emoción, limitarse a leer acerca de las pautas emocionales de amor negativo sólo sirve para aprender más sobre cómo «deberíamos» ser con nosotros mismos y con los demás, pero no elimina emocionalmente la conducta de  amor negativo propiamente dicha. La consecuencia es un mayor conflicto entre el conocimiento intelectual y la resistencia emocio­nal al cambio.
A veces evitamos mirarnos de frente y echamos la culpa de nuestras deficiencias al «inconsciente», como si éste fuera una cié­naga maloliente llena de criaturas diabólicas con la que nacemos y sobre la que no tenemos control ni entendimiento alguno. No es cierto: fueron nuestros padres, no horribles demonios, los que cau­saron nuestros problemas afectivos. ¿Dónde obtuvieron ellos los suyos? De sus propios padres, y así sucesivamente hasta el princi­pio de los tiempos. En este sentido es cierto que la fruta cae a la sombra de su árbol, el amor negativo se ha ido heredando de gene­ración en generación.
No somos prisioneros del inconsciente; todo lo que necesitamos saber para comprender cómo y por qué nos transformamos en lo que somos lo tenemos a mano para revi­sión y examen, sólo hace falta aprender a acceder a la base de datos de la memoria. Por fortuna, una vez que somos conscientes de las pautas de amor negativo, podemos enfrentarnos a ellas y eliminar­las por muy profundamente que hayan permanecido enterradas (en los capítulos siguientes se explica cómo lograrlo).
Es cierto que mientras una parte de nosotros intenta liberarse, otra lucha contra el cambio con toda la astucia, fuerza y recursos de que dispone. Ya vimos que se trata del Niño emocional nega­tivo, ese aspecto que se quedó en los trece años y que sigue enamo­rado negativamente dc mamá y papá. Mientras el intelecto y Cuerpo continúan creciendo, el ser emocional todavía se comporta como un niño. ¿Por qué? Porque tiene miedo a cambiar.
El Niño emocional negativo se resiste al cambio y al crecimiento. La gente acude a terapias de un tipo u otro convencidas de su deseo sincero de poner fin al sufrimiento y resolver sus proble­mas. De hecho, el Intelecto sabe que así sería más feliz, pero el Niño interior está programado para cultivar el amor negativo por sus padres. En un momento determinado, la persona se encuentra ante la siguiente opción crucial: ser negativamente «fiel» a mamá y papá o romper las cadenas para alcanzar la autonomía y el amor por sí misma. Tal cambio puede parecer amenazador y asustar al Niño, que piensa «Si para ponerme bien tengo que pasar por esto, prefiero estar enfermo. Al menos un tiempo más». La gente a menudo no está dispuesta a arreglar su vida hasta que caen tan bajo, que tocan fondo. Entonces la desesperación la impulsa a compro­meterse a cambiar.
Por otro lado, si sabemos cuál es verdaderamente el problema, si contamos con los útiles precisos y el poder para resolverlo, pa­rece lógico optar por liberarnos. La vida es maravillosamente gra­tificante cuando se descontamina del amor negativo. El cambio es posible porque las pautas de amor negativo sólo son nuestras por adopción: en realidad no son nuestras, no son inherentes a nosotros. Si hemos aprendido a afligimos y a ser infelices, con la ayuda apropiada podemos aprender a ser felices, porque cualquier aspecto negativo

TODO EL MUNDO ES CULPABLE PERO NADIE TIENE LA CULPA

Aunque todo el mundo «sabe» que su madre fue niña alguna vez, el pleno significado de ello produce muy poco efecto en la mayoría de la gente. En general tendemos a sentir y a pensar en nuestra madre únicamente como la mujer adulta que veíamos al mirar hacia arriba: más grande que nosotros, más fuerte, mayor, más sabia, supuestamente con más amor que nosotros y dotada de poderes especiales. Desde nuestra condición infantil de dependen­cia, mamá era una diosa: sin apenas cuestionar lo que hacia, o sin cuestionarlo en absoluto, dábamos por sentada su suprema autoridad y sabiduría.
Después crecimos y comenzamos a entender intelectualmen­te que mamá no siempre era un modelo de virtudes, y por eso puede que hayamos pasado años echándole la culpa de nuestros problemas afectivos. No obstante, muy pocas veces experimenta la gente profunda y emocionalmente la tragedia agonizante del amor negativo que ella sufrió de pequeña. La etapa siguiente del Proceso Intensivo se centra en tratar esta deficiencia funda­mental de la percepción y en remediarla.
Existen terapias y grupos de crecimiento que durante años han enseñado a los pacientes a ponerse en contacto con su rabia y a soltarla. Pero aún más importante que liberar la rabia es el des­cubrimiento sorprendente del origen de los rasgos negativos maternos. Es un hallazgo que hace posible defender a la madre y aprender a perdonarla emocionalmente, con lo que por fin aban­donamos la venganza.
El trabajo de descarga del Proceso Intensivo produce una sensación exultante de autonomía. Este estado de apertura y relaja­ción permite a los alumnos trasladarse directa y rápidamente de la acusación negativa de la madre a su defensa positiva. Ahora los participantes observan y experimentan a la madre no como la mujer adulta que conocieron en su niñez, sino como la niña que también fue. Limitarse a decir: «Sí, claro, ya sé que su infancia fue difícil, sin vivir profundamente esta realidad no tiene efectos po­sitivos duraderos; para perdonarla es necesario que nos pongamos en su lugar. Con el fin de lograr este objetivo, en el Proceso recu­rrimos a varias técnicas de visualización; apenas prestamos aten­ción a los datos que los alumnos han oído contar a sus madres res­pectivas, pues la visión de éstas suele estar tan distorsionada como la dc sus hijos.
La auténtica verdad del síndrome de amor negativo es que todo el mundo es culpable pero nadie tiene la culpa. En la etapa de Acusación declaraste culpable a tu madre, pero ella no tiene la culpa porque aprendió a programarte a partir de su propia progra­mación, la que recibió de sus padres. No sólo heredaste sus genes, sino también sus pautas de conducta negativas. Es necesario que asimiles la idea de que esas pautas son adoptadas, no innatas.
En el camino hacia el amor hay dos pasos cruciales: el primero es entender a tu madre (y personas sustitutas) sin condena. Cuando defiendas a tu madre catárquica y emocionalmente, tendrás la oportunidad de pasar de la acusación a la comprensión. El se­gundo peldaño es la compasión, que el diccionario define como «Sentimiento de pena provocado por el padecimiento de otros y el deseo de ayudarlos» y «Sentimiento de lástima motivado por la desgracia o mal que otro padece acompañado por el fuerte deseo de aliviar su dolor o quitar su causa».
¿Quién era entonces esa mujer que después fue tu madre? ¿Cómo se convirtió en lo que era y es? A lo mejor pensabas que la conocías bien, ¿es verdad? ¿Cómo eran en realidad sus padres (tus abuelos)? Olvida a esos parientes de pelo blanco, posiblemente amables, que recuerdas con cariño de tu infancia: piensa más bien en los padres jóvenes que fueron cuando tenían 20 o 30 años. ¿Qué tal lo pasó tu madre siendo hija de tus abuelos? Todas las preguntas sugestivas que te hiciste sobre tu vida amorosa y sexual y sobre la infancia con tu madre son aplicables a ella también.
Fuera cual fuera su experiencia familiar de niña, ésta la trans­formó en la mujer con la que se casó tu padre y que luego fue tu madre. En la fase de Acusación te has reconocido como la víctima del lado oscuro de tu madre; en la Defensa vas a aprender a verla como víctima de los aspectos negativos de sus padres.
Si interrumpieras el trabajo después de acusar a tu madre por sus pecados de obra y omisión, no harías más que ver una sola cara a moneda. La otra cara es que si tienes treinta años y tu madre sesenta, por ejemplo, debes tener en cuenta que ella ha soportado el horror de la falta de afecto el doble de tiempo que tú, y por lo tanto merece el doble de compasión. Tú todavía puedes evitar pasar el resto de tu vida con el amor negativo, pero lo más proba­ble es que tu madre no tenga esta posibilidad a su alcance.
Si ya ha muerto, su drama de amor es mucho más terrible. Después de vivir todos esos años sin verdadero amor, se fue a la tumba con la Niña emocional atrapada en su interior, sintiéndose asustada, sola y dolida.
Sin embargo, nunca es tarde para aprender a amar. En el Pro­ceso Intensivo hubo una mujer de setenta y cuatro años que en­contró la libertad a través de la separación afectuosa con sus pa­dres, muertos hacía mucho tiempo, y que aprendió a quererse a si misma primero, y luego a sus hijos y a sus nietos. Tú también pue­des aprender a amar.
Los factores causales de la trágica falta de amor de tu madre son básicamente los mismos que los tuyos: nadie le enseñó a amarse durante sus años de formación, y era imposible que te enseñara lo que ella nunca aprendió. No se puede dar lo que no se tiene. Ella contrajo la enfermedad del amor negativo de su madre y su padre, exactamente igual que tú de los tuyos, que tus abuelos de los suyos, y éstos de los suyos, y así sucesivamente hasta el pri­mer hombre y la primera mujer. Dado que el amor negativo se he­reda de generación en generación insidiosa y universalmente, es la enfermedad emocional más devastadora de la Tierra.
El amor negativo es un regalo terrible que se sigue regalando. Algunas tradiciones orientales usan la palabra karma para referirse a las consecuencias morales que los individuos se imponen a sí mismos con sus acciones, tanto positivas como negativas, y que determinan el destino de su siguiente existencia. Digamos que al superar la fuerza del amor negativo puedes absolver a tu madre del karma acumulado por sus defectos y por la falta de amor que no pudo evitar infligirte. Al hacerlo también pagarás la mayoría de tus deudas kármicas, las derivadas de perpetuar las pautas negati­vas. Limpiando éstas y permitiendo que tu ser innato positivo y amoroso resurja de tu interior, hallarás el camino seguro hacia el progreso y la iluminación espirituales. La cadena del amor nega­tivo puede ser ilimitada en el pasado, pero no tiene por qué conti­nuar en el futuro. El tuyo es el eslabón que puede romperse.
Al igual que en la Acusación, en la Defensa de la madre se uti­lizan los viajes mentales asistidos para abrir el subconsciente. El primer ejercicio de la Defensa es un diálogo entre tu Niño emocio­nal negativo a los trece años (o en el momento de la pubertad) y la Niña emocional negativa de tu madre a esa misma edad. Ambos entablan una conversación telepática en la que la Niña de tu madre responde a todas las preguntas importantes que desees for­mular sobre su infancia. El resultado es la comprensión profunda y enternecedora de la carencia afectiva que tu madre padeció cuando era niña y el descubrimiento de que sus traumas infantiles fueron similares a los tuyos, lo que hace posible que los dos os sin­táis más unidos.
El diálogo, y el resto de la Defensa, es un viaje mental que uti­liza la percepción sensorial normal para recibir visualmente y sen­tir en lo más hondo las experiencias pasadas de nuestra madre, in­cluidos los acontecimientos que nunca nos habría contado. Por raro que parezca, este método, usado correctamente, produce un estado profundo de compasión. Gracias a la ayuda adecuada, hasta ahora todos los participantes han conseguido vivir la experiencia e incluso algunos han averiguado después que la esencia emocional de la información obtenida era correcta.
A partir del diálogo con tu madre, su Trinidad puede «dic­tarte» su autobiografía emocional negativa, la historia de su vida con sus padres. Mientras narra los orígenes de su programación de infancia, te asombrará descubrir que su experiencia de soledad y frustración, de falta de cariño, aprobación y amor sinceros es pare­cida a la tuya. Tu madre aprendió sus aspectos negativos del mismo modo que tú: de sus padres.
La Defensa de la madre demuestra que el amor negativo es como una jaula cerrada y que la llave no es el intelecto. Por mucho conocimiento intelectual que tengamos de las experiencias infanti­les de nuestra madre, ninguna información en sí misma puede de­sencadenar la compasión verdadera por ella, pues liberarla de la culpa por nuestros problemas es algo que surge de un profundo y   compromiso emocional. Una vez que sentimos sinceramente a nuestra madre como una niñita no querida, abrimos la puerta hacia la verdadera integración curativa.

ACABEMOS CON LA DISCUSIÓN INTERNA

¿Te has preguntado alguna vez por qué fracasan siempre tus buenas intenciones y tus esfuerzos por mejorar? No es una cuestión de «fuerza de voluntad» ni de disciplina, ambas cualidades están sobrevaloradas hoy en día. Si con ellas bastara para cam­biarlo todo, muchas más personas estarían disfrutando de una vida positiva y amorosa en lugar de estar intentando ocultar las ruinas bajo una bonita fachada.
En la mayoría de las personas el Intelecto adulto y el Niño emocional negativo están casi siempre engarzados en una pelea pe­nosa v autodestructiva, y normalmente es el Niño interior insatis­fecho quien sale vencedor.
Por difícil que resulte admitirlo, lo cierto es que no es el Inte­lecto quien maneja nuestras vidas. Nos pasamos años vacilando entre lo positivo y lo negativo, y pese a los mejores esfuerzos de nuestro Intelecto y a todo lo que hemos aprendido sobre la «forma correcta de vivir» o la «buena vida» (o como quiera que lo definas), nuestra vida está dominada por ese Niño emocional rebelde y ca­rente de amor que fuimos antes de la pubertad. Cuanto más lucha­mos por dominarlo, más frustrados nos sentimos. Invariablemente vence el síndrome del amor negativo.
Creemos ser adultos civilizados dotados de la capacidad de tomar decisiones racionales, pero en realidad somos Niños emo­cionales crecidos que intentan comportarse como adultos pensantes. El Intelecto no es más que una gota en el océano de la emo­ción y rara vez es capaz de dominar al Niño interior. Cada vez que pensamos en cambiar, el terco Niño se opone con obstáculos, resistencia, enfermedades psicosomáticas, excusas, olvidos, o con cualquier cosa que le sirva para hacer fracasar el propósito.
Esta batalla genera dentro de nosotros una cháchara incesante y ruidosa. Las consultas psiquiátricas, las terapias de grupo, los cursos de meditación y todo movimiento relacionado con el crecimiento es­piritual y el desarrollo humano están llenas de personas que buscan poner fin al dolor causado por el conflicto entre lo que saben y lo que sienten. Cuando el Intelecto adulto y el Niño emocional se en­frentan, ambos pierden. El torbellino, la confusión, la desazón y el sufrimiento interiores provocados por este conflicto nos roban la ale­gría y la esperanza y nos impiden pensar y sentir plenamente.
Aunque los peores enfrentamientos entre las emociones y el Intelecto se producen en la edad adulta, comienzan antes de la pubertad el Niño es capaz de entender ciertas cosas intelectualmente a pesar de la programación que recibe a diario de sus padres. Conoce la diferencia entre el bien y el mal y sabe qué crea tortuosos y a menudo contradictorios de sus padres, sabe que hay otra forma de vivir mejor.
Cuando llegamos fisiológicamente a ser adultos, el Intelecto continúa creciendo y madurando en conocimiento y sabiduría, mientras que las emociones se mantienen atascadas en la infancia. Por desgracia, el Intelecto adulto sigue siendo la víctima de la lucha con el Niño emocional, pese a conocer a la perfección los estragos y perjuicios que produce el conflicto. Conforme pasan los años, el abismo entre ambos se ensancha y genera un estado casi permanente de tensión, ansiedad y confusión.

Atravesada la adolescencia, el intelecto podría empezar a utili­zar su libre albedrío para actuar positiva o negativamente ,según su sentido de la responsabilidad, su grado de compromiso, sus de-seos v su educación. Pero normalmente, por inconsciencia e igno­rancia, elige reproducir la programación negativa bajo el gobierno del Niño emocional. «Soy así», piensa, «no puedo evitarlo».
Esta afirmación es una de las mentiras que vivimos como con­secuencia de los programas del amor negativo: somos los conflic­tos y negatividades que adoptamos de nuestros padres. El poder del Niño emocional negativo impide al Intelecto cortar los hi­los del amor negativo que nos unen a nuestros padres, como a títe­res.
Pregúntale una vez más a tu Intelecto: «Si eres tan sabio e inte­ligente, ¿por qué no estoy bien?».
Es importante destruir el mito de que uno debería «ser un padre para su Niño interior», como aconsejan algunos. La creencia en este mito podría convertirse en un estorbo para toda tu vida. El Niño interior es sólo una metáfora de la parte bloqueada de tus emociones, y el objetivo es que este Niño se encuentre a sí mismo y crezca llevando consigo las conductas infantiles positivas y de­jando atrás los infantilismos negativos. Entonces ya no necesitará ningún padre.
Liberarte de tus padres no es suficiente para acabar con el con­flicto interno que te debilita, esa eterna discusión dentro de ti. Ahora es el momento de que tu Cuerpo (el templo que alberga las tres partes de la mente) envíe un mensaje claro y audible a tus vos emocional e intelectual. Tienen que enterarse, con términos ine­quívocos, de que ya basta.
Hasta que el intelecto adulto no comprenda que la verdadera fuente de sus problemas es el Niño emocional negativo, es inútil for­zar el cambio. Sí, es posible que luchando valientemente consiga una victoria efímera y difícil, pero nunca logrará la paz perdurable si no identifica al auténtico enemigo con el que debe enfrentarse. Cuando el Intelecto localice la causa real de tus problemas, de tus pautas de amor negativo, podrás tomar las riendas y modificar el curso de tu vida oponiendo resistencia al Niño programado. En palabras de Shakespeare, es necesario que «recurras a las armas contra el mar de los problemas y, enfrentándote a ellos, los venzas».
Esta elección, unida a la determinación y al compromiso de actuar de forma positiva, trascienden aquellas resoluciones de Año Nuevo que murieron tan rápidamente. Son el presagio de un nuevo enfrentamiento: el Intelecto adulto contra el Niño emocio­nal. El preludio a una batalla es siempre un período de prepara­ción intensa. Las emociones temen perder su poder y se resisten a un futuro desconocido; el Intelecto está justamente indignado con el Niño emocional, por haber originado el conflicto, la frustración v la infelicidad. Aunque es normal que el miedo y la tensión for­men parte de los preliminares de una batalla, el Intelecto debe ate­nerse al compromiso de impedir que el Niño emocional continúe conduciéndose con las pautas negativas.
Por lo tanto, en la contienda entre el Intelecto adulto y el Niño emocional sobran las indecisiones y vacilaciones. El Inte­lecto debe atacar claramente y de viva voz el comportamiento des­tructivo y resistente del Niño y exigirle que deje ya de tocar las cintas negativas grabadas en la infancia que perjudican su progreso hacia la plenitud. El Niño debe dejar de bloquearle el camino al intelecto adulto que se esfuerza por conseguirte una vida mejor. Van a tener que convivir toda su vida! Así que el Intelecto re­educado, sabiendo lo que realmente conviene, debe expresar toda su ira contra el Niño por sabotear sus intentos de alcanzar metas positivas.
En este enfrentamiento verbal, el intelecto puede decir por ejemplo: «Oye, Niño, tú también tienes la culpa, ¿sabes?, la culpa no es sólo de papá y mamá. Tú nos estás haciendo daño, y esto tiene que acabar de una vez por todas. Ya nos has destrozado bas­tante con tu absurdo amor negativo, tu porquería nos ha causado suficientes problemas. Vengativamente te aferras al rencor contra todos, incluidos tú mismo y yo. No paras de oponerte a mí, no hay forma de que cedas un poco, mira, todavía sigues luchando contra mí. Tu estúpido amor negativo no me hace falta, así que a partir de ahora vas a hacer lo que yo diga, para que aprendas a amar y a ser feliz».
Cuando en el Proceso finaliza el enfrentamiento entre el Niño y el Intelecto, es posible resolver el problema de quién es el res­ponsable de la carencia de amor. Primero el Niño y el Intelecto deben reconocer que ambos eran culpables aunque no tuvieran la culpa, porque ninguno sabía hacerlo mejor debido a la programa­ción de amor negativo. Recuerda, el Intelecto es la prolongación del Niño y aprendió los programas negativos de él. Al conocer en la visualización el enorme dolor oculto detrás de las quejas y aflic­ciones del Niño, el Intelecto se volverá humilde y contrito, admi­tirá que las protestas eran justas y se dará cuenta de que ha llegado el momento de una tregua. Se acercará al Niño, lo rodeará con sus brazos, y posiblemente dirá algo así:
«Venga, pequeñín, nunca lo había visto desde tu perspectiva; tú también tienes razón, no ha sido tuya la culpa. Sé que yo no la tenía tampoco, ha sido todo una estupidez, siento mucho haberte rechazado. Dejémonos de peleas, hagamos las paces y seamos amigos. En realidad nadie tiene la culpa. ¿Qué te parece? ¿Hacemos una tregua y ponemos fin a tanta tontería?».
El Niño emocional reconocerá que durante toda su vida ha es­tado en guerra contigo, Intelecto. Está demasiado cansado de lu­char y desea la paz. Al principio puede que se muestre cauteloso, no olvides que ha sufrido mucho a causa de la condena y la falta de comprensión de todo el mundo, especialmente la tuya, Inte­lecto adulto. A lo mejor con muchas reservas responde: «Lo inten­taré si tú también lo haces. Más vale que seas sincero, que te ocu­pes de verdad y que no me abandones otra vez. Vas a tener que demostrármelo, ¿sabes?».
Una vez firmada la tregua, el Niño emocional será capaz de aceptar los acercamientos amistosos del Intelecto y la posibilidad de dejar de lado sus infantilismos para crecer de una forma emo­cional positiva. Con su medida de capacidad intelectual, el Niño reconocerá que no queda ninguna razón para seguir siendo un Niño. Ya ha acusado y defendido a mamá y papá y ha terminado su conflicto con el Intelecto. Ya no tendrá causas legítimas para aferrarse a su enfermedad, de manera que ahora puede compren­der plenamente que no tiene por qué seguir viviendo según los an­tiguos juegos del amor negativo adoptados. Habiendo experimen­tado esta realidad, y con los instrumentos adecuados para después del Proceso, será libre de elegir una alternativa positiva. Tu Inte­lecto también se encontrará en un momento decisivo: por fin asu­mira su responsabilidad en no haber comprendido, aceptado y res­paldado a tu Niño en el pasado.
De esta forma, finalmente tu Intelecto y tus emociones pueden aprender que no son enemigos. Al igual que tus padres, eran culpables pero no tenían la culpa. Tu Yo espiritual, observador siem­pre presente, sentirá una alegría inmensa cuando esto ocurra. Todos tus aspectos estarán libres para amar incondicionalmente, y tu yo espiritual podrá colmarte de su poderosa luz, llena de sabi­duría y curación. Entonces sabrás que la guerra ha terminado y gritarás: «¡Aleluya!».