Byung-Chul Han —
— plantea una crítica muy potente a la sociedad contemporánea. Su idea central es que pasamos de una sociedad disciplinaria, basada en la obediencia y la coerción externa, a una “sociedad del rendimiento”, donde el individuo ya no es explotado por otro sino que se explota a sí mismo. El sujeto moderno cree que se autorrealiza, que se supera, que persigue sus sueños y su libertad; pero en realidad, según Han, queda atrapado en una lógica permanente de productividad, comparación y agotamiento. El resultado es una sociedad cansada, ansiosa, depresiva y vacía.
Sin embargo, esa mirada, aunque contiene elementos verdaderos, también puede ser criticada por parcial o por insuficiente desde una perspectiva histórica más amplia. Porque cuando uno analiza la historia de la humanidad en términos materiales y no solamente psicológicos o filosóficos, aparece un dato central: durante casi toda la existencia humana, la inmensa mayoría de las personas vivió en condiciones extremadamente precarias.
Hace apenas dos siglos, el hambre, la mortalidad infantil, las enfermedades, la falta de acceso a educación o salud y la pobreza estructural eran la norma de la humanidad.
En 1900, gran parte del mundo vivía en condiciones que hoy consideraríamos miserables. La expectativa de vida era bajísima. Millones de personas morían antes de los 30 o 40 años. El trabajo no era un problema de “autoexplotación emocional” sino directamente de supervivencia física. La mayoría de las personas trabajaba desde la infancia en condiciones extremadamente duras y sin ninguna posibilidad de movilidad social. No existía prácticamente una clase media masiva. El acceso al consumo, a la salud, a la educación o al confort estaba reservado para élites muy reducidas.
Entonces, la primera crítica que se le puede hacer a Han es que analiza las patologías del capitalismo avanzado desde sociedades que ya resolvieron gran parte de los problemas históricos básicos de la humanidad. Es decir: critica el agotamiento psicológico de las sociedades desarrolladas sin poner suficiente énfasis en que esas sociedades desarrolladas son precisamente el resultado de un modelo económico que logró generar niveles inéditos de riqueza, productividad y bienestar.
El capitalismo no nació como un sistema pensado para hacer feliz a la gente. Nació como un sistema de organización social y económica que permitía coordinar millones de intereses individuales, generar producción, comercio, innovación y crecimiento. Es, antes que nada, un mecanismo de convivencia y de creación de riqueza. Y si bien puede producir desigualdades, tensiones o alienación, también produjo algo que ningún otro sistema logró a gran escala: sacar de la pobreza a miles de millones de personas.
Ahí aparece una cuestión central: muchas veces las críticas contemporáneas al capitalismo olvidan comparar la realidad con las alternativas históricas concretas. Se critica el cansancio del ejecutivo moderno, la ansiedad de la hiperconectividad o la presión por rendir, pero pocas veces se compara eso con las sociedades donde no existía crecimiento económico, movilidad social o incentivos para progresar.
Porque la alternativa histórica al capitalismo no fue una sociedad armónica, feliz y equilibrada. Muchas veces fue la pobreza masiva, el autoritarismo o el estancamiento económico. Las experiencias socialistas del siglo XX mostraron enormes limitaciones para generar prosperidad sostenible, innovación y libertad individual. Y las sociedades que quedaron fuera de los procesos de desarrollo económico terminaron atrapadas en altos niveles de mortalidad, precariedad y dependencia.
Eso no significa negar los problemas que plantea Han. Sería absurdo hacerlo. Es evidente que el capitalismo moderno genera tensiones psicológicas profundas. La lógica del rendimiento permanente puede transformar a las personas en máquinas de productividad.
Las redes sociales exacerban la comparación constante. El éxito se convierte en una obligación moral. El individuo siente que nunca alcanza, que siempre debe mejorar, producir más, mostrarse más eficiente o más exitoso.
Han tiene razón cuando describe que hoy muchas personas viven bajo una presión invisible. Ya no hay un jefe que las obliga físicamente; ahora son ellas mismas las que internalizan la exigencia. El sujeto contemporáneo se convierte simultáneamente en amo y esclavo. Cree que actúa libremente, pero muchas veces está condicionado por una cultura de competencia permanente.
Sin embargo, el problema aparece cuando esa crítica se transforma en una condena total al modelo que permitió el mayor progreso material de la historia humana.
Porque hay algo que suele quedar afuera de ciertas miradas filosóficas contemporáneas: el desarrollo económico no es solamente acumulación de riqueza abstracta. El desarrollo económico cambia concretamente la vida humana. Cuando una sociedad produce más, genera mejores salarios, más empleo, más acceso a bienes, más infraestructura, más salud, más tecnología, más educación y más esperanza de vida.
Y esto funciona como una enorme retroalimentación positiva. A medida que crece el nivel de vida, las personas pueden consumir más, estudiar más, cuidar mejor a sus hijos, vivir más años y acceder a mejores oportunidades. Esa expansión de capacidades humanas es inseparable del crecimiento económico.
Muchas veces se critica el consumismo sin entender que detrás del consumo también existe dignidad material. Tener acceso a una vivienda mejor, a calefacción, a medicamentos, a transporte, a vacaciones o a educación universitaria no son cuestiones menores. Durante siglos fueron privilegios inaccesibles para casi toda la humanidad.
Incluso algo tan criticado como la cultura de la superación personal tiene una dimensión profundamente humana. El deseo de progresar, de mejorar, de darle una vida mejor a los hijos o de crecer profesionalmente no es simplemente una imposición neoliberal. También forma parte de la naturaleza humana y del impulso civilizatorio. Las personas siempre buscaron mejorar sus condiciones de vida.
El problema no es el deseo de progreso en sí mismo. El problema aparece cuando el progreso se vuelve una obsesión vacía o cuando la identidad humana queda completamente subordinada al rendimiento económico. Ahí la crítica de Han sí adquiere valor: recordar que el ser humano no puede reducirse solamente a productividad.
Pero reconocer eso no implica negar el papel histórico del capitalismo en la mejora de las condiciones de vida globales. De hecho, muchas de las discusiones existenciales actuales solo son posibles porque previamente hubo una enorme expansión del bienestar material.
Es difícil imaginar debates sobre agotamiento emocional, búsqueda de sentido o autorrealización en sociedades donde las personas todavía luchan diariamente por sobrevivir, comer o acceder a agua potable. En cierta medida, las críticas sofisticadas a la sociedad del rendimiento son un producto de sociedades que ya alcanzaron niveles de prosperidad inéditos.
Por eso, quizás la discusión no debería plantearse como “capitalismo versus felicidad”, sino como cómo construir sociedades más equilibradas sin destruir los mecanismos que generan prosperidad, innovación y movilidad social.
No existe la sociedad perfecta. No existe un sistema sin costos humanos. Toda organización económica genera tensiones y defectos. El desafío histórico siempre fue minimizar esos defectos sin destruir la capacidad de generar bienestar.
Las sociedades extremadamente estatizadas demostraron enormes problemas de eficiencia, libertad e innovación. Pero un capitalismo completamente deshumanizado también puede producir alienación, fragmentación social y crisis emocionales. El desafío es encontrar equilibrios.
Tal vez el gran error de ciertas corrientes contemporáneas es analizar el capitalismo solamente desde sus patologías culturales sin compararlo con el punto de partida histórico de la humanidad. Y el gran error de algunos defensores del capitalismo es ignorar los costos psicológicos y sociales que también genera el sistema.
La historia humana muestra que el progreso económico fue decisivo para mejorar la vida de las personas. Pero también muestra que el bienestar material por sí solo no resuelve el sentido de la existencia humana.
Ahí probablemente esté el punto más interesante del debate con Han: entender que el crecimiento económico y la prosperidad son condiciones necesarias para una vida mejor, pero no suficientes para una vida plena.
El capitalismo logró algo extraordinario: multiplicar la riqueza, reducir la pobreza extrema y expandir oportunidades a una escala nunca antes vista. Pero justamente porque resolvió muchos problemas materiales, ahora aparecen nuevas preguntas existenciales, psicológicas y culturales.
Y quizás esa sea la verdadera paradoja de las sociedades modernas: el mismo sistema que permitió que millones dejaran atrás la supervivencia básica abrió también el espacio para discutir el vacío, el cansancio o la búsqueda de sentido.
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